• S.

    47

    VI.

    Otros problemas y orientaciones.

    Hasta aquí, hemos investigado dos masas artificiales
    y hemos hallado que aparecen dominadas por dos órde-
    nes distintos de lazos afectivos, de los cuales, los que
    enlazan a los individuos con el jefe, se nos muestran
    como más decisivos–al menos para ellos–que los que
    enlazan a los individuos entre sí.

    Ahora bien, en la morfología de las masas, habría
    aún mucho que investigar y describir. Habría que comen-
    zar por establecer que una simple reunión de hombres no
    constituye una masa mientras no se den en ella los lazos
    antes mencionados, si bien tendríamos que confesar, al
    mismo tiempo, que en toda reunión de hombres surge
    muy fácilmente la tendencia a la formación de una masa
    psicológica. Habríamos de prestar luego atención a las
    diversas masas, más o menos permanentes, que se for-
    man de un modo espontáneo y estudiar las condiciones
    de su formación y de su descomposición. Ante todo, nos
    interesaríamos particularmente por la diferencia entre las
    masas que ostentan un director y aquellas que carecen
    de él. Así, investigaríamos si las primeras no son las
    más primitivas y perfectas; si en las segundas no puede
    hallarse sustituído el director por una idea o abstracción
    (las masas religiosas, obedientes a una cabeza invisible,
    constituirán el tipo de transición); y también si una ten-
    dencia o un deseo susceptibles de ser compartidos por

  • S.

    48

    un gran número de personas, no podrían constituir así
    mismo una tal sustitución. La abstracción podría, a su
    vez, encarnar más o menos perfectamente en la persona
    de un director secundario, y entonces se establecerían,
    entre el jefe y la idea, relaciones muy diversas e intere-
    santes. El director o la idea directora podrían también
    revestir un carácter negativo, esto es, el odio hacia una
    persona o una institución determinadas, podría actuar
    análogamente al afecto positivo y provocar lazos afecti-
    vos semejantes. Así mismo, habríamos de preguntarnos
    si el director es realmente indispensable para la esencia
    de la masa, etc., etc.

    Pero todas estas cuestiones, algunas de las cuales
    han sido ya estudiadas en las obras de psicología colec-
    tiva, no consiguen apartar nuestro interés de los pro-
    blemas psicológicos fundamentales que la estructura de
    una masa nos plantea. Y ante todo, surge en nosotros
    una reflexión que nos muestra el camino más corto para
    llegar a la demostración de que la característica de una
    masa se halla en los lazos libidinosos que la atraviesan.

    Intentaremos representarnos cómo se comportan los
    hombres mutuamente desde el punto de vista afectivo.
    Según la célebre parábola de los puercoespines ateridos
    (Schopenhauer, Parerga und Paralipomena, 2.a par-
    te, XXXI, Gleichnisse und Parabeln) ningún hombre so-
    porta una aproximación demasiado íntima a los demás.

    «En un crudo día invernal, los puercoespines de una
    manada se apretaron unos contra otros para prestarse
    mutuo calor. Pero al hacerlo así, se hirieron recíproca-
    mente con sus púas, y hubieron de separarse. Obligados
    de nuevo a juntarse, por el frío, volvieron a pincharse y
    a distanciarse. Estas alternativas de aproximación y ale-
    jamiento duraron hasta que les fué dado hallar una dis-
    tancia media en la que ambos males resultaban mitiga-
    dos.»

  • S.

    49

    PSICOLOGIA DE LAS MASAS

    Conforme al testimonio de la psicoanálisis, casi todas
    las relaciones afectivas íntimas, de alguna duración, en-
    tre dos personas–el matrimonio, la amistad, el amor pa-
    terno y el filial (1)–dejan un depósito de sentimientos hos-
    tiles, que precisa, para desaparecer, del proceso de la re-
    presión. Este fenómeno se nos muestra más claramente
    cuando vemos a dos asociados pelearse de continuo o
    al subordinado murmurar sin cesar contra su superior. El
    mismo hecho se produce cuando los hombres se reunen
    para formar conjuntos más amplios. Siempre que dos fa-
    milias se unen por un matrimonio, cada una de ellas se
    considera mejor y más distinguida que la otra. Dos ciu-
    dades vecinas serán siempre rivales y el más insignifi-
    cante cantón mirará con desprecio a los cantones limítro-
    fes. Los grupos étnicos afines se repelen recíprocamen-
    te; el alemán del Sur no puede aguantar al del Norte; el
    inglés habla despectivamente del escocés y el español
    desprecia al portugués. La aversión se hace más difícil
    de dominar cuanto mayores son las diferencias, y de
    este modo, hemos cesado ya de extrañar la que los galos
    experimentan por los germanos, los arios por los semi-
    tas y los blancos por los hombres de color.

    Cuando la hostilidad se dirige contra personas ama-
    das decimos que se trata de una ambivalencia afectiva y
    nos explicamos el caso, probablemente de un modo de-
    masiado racionalista, por los numerosos pretextos que
    las relaciones muy íntimas ofrecen para el nacimiento
    de conflictos de intereses. En los sentimientos de repul-
    sión y de aversión que surgen sin disfraz alguno contra
    personas extrañas con las cuales nos hallamos en con-
    tacto, podemos ver la expresión de un narcisismo que


    (1) Quizá con la única excepción de las relaciones de la madre
    con su hijo, las cuales se muestran basadas en el narcisismo, no
    son perturbadas por una ulterior rivalidad y quedan robustecidas
    por una derivación a la elección sexual de objeto.

  • S.

    50

    PROF. S. FREUD

    tiende a afirmarse y se conduce como si la menor desvia-
    ción de sus propiedades y particularidades individuales
    implicase una crítica de las mismas y una invitación a
    modificarlas. Lo que no sabemos es por qué se enlaza
    una tan grande sensibilidad a estos detalles de la dife
    renciación. En cambio, es innegable que esta conducta
    de los hombres revela una disposición al odio y una agre-
    sividad, a las cuales podemos atribuir un carácter ele-
    mental (1).

    Pero toda esta intolerancia desaparece, fugitiva o du-
    raderamente, en la masa. Mientras que la formación co-
    lectiva se mantiene, los individuos se comportan como
    cortados por el mismo patrón; toleran todas las particula-
    ridades de los otros, se consideran iguales a ellos y no
    experimentan el menor sentimiento de aversión. Según
    nuestras teorías, una tal restricción del narcisismo no
    puede ser provocada sino por un sólo factor: por el en-
    lace libidinoso a otras personas. El egoísmo no encuen-
    tra un límite más que en el amor a otros, el amor a obje-
    tos (2). Se nos preguntará aquí si la simple comunidad
    de intereses, no habría de bastar por sí sola y sin la in-
    tervención de elemento libidinoso alguno, para inspirar
    al individuo tolerancia y consideración con respecto a los
    demás. A esta objeción, responderemos, que en tal for-
    ma no puede producirse una limitación permanente del
    narcisismo, pues en las asociaciones de dicho género, la
    tolerancia durará tan sólo lo que dure el provecho inme-
    diato.

    (1) En un trabajo recientemente publicado (1920) con el título de
    «Más allá del principio del placer», he intentado enlazar la polaridad
    del amor y el odio a una oposición hipotética de instintos de vida e
    instintos de muerte y mostrar en los instintos sexuales, los más pu-
    ros representantes de los primeros.–(N. DEL T.)–Véase el tomo II
    de estas «Obras completas».

    (2) Véase la «Introducción del narcisismo» (1914) que se publi-
    cará en estas «Obras completas».

  • S.

    51

    diato producido por la colaboración de los demás. Pero
    el valor práctico de esta cuestión es menor de lo que pu-
    diéramos creer, pues la experiencia ha demostrado, que
    aun en los casos de simple colaboración, se establecen
    regularmente entre los camaradas, relaciones libidinosas,
    que van más allá de las ventajas puramente prácticas ex-
    traídas por cada uno, de la colaboración. En las rela-
    ciones sociales de los hombres volvemos a hallar aque-
    llos hechos que la investigación psicoanalítica nos ha
    permitido observar en el curso del desarrollo de la libi-
    do individual. La libido se apoya en la satisfacción de
    las grandes necesidades individuales y elige, como pri-
    meros objetos, a aquellas personas que en ella intervie-
    nen. En el desarrollo de la humanidad, como en el del
    individuo, es el amor lo que ha revelado ser el principal
    factor de civilización, y aun quizá el único, determinando
    el paso del egoísmo al altruísmo. Y tanto el amor sexual
    a la mujer, con la necesidad, de él derivada, de proteger
    todo lo que era grato al alma femenina, como el amor de-
    sexualizado, homosexual sublimado, por otros hombres,
    amor que nace del trabajo común.

    Así, pues, cuando observamos que en la masa surgen
    restricciones del egoísmo narcisista, inexistentes fuera de
    ella, habremos de considerar tal hecho como una prueba
    de que la esencia de la formación colectiva reposa en el
    establecimiento de nuevos lazos libidinosos entre los
    miembros de la misma.

    El problema que aquí se nos plantea, es el de cuál
    puede ser la naturaleza de tales nuevos lazos afectivos.
    En la teoría psicoanalítica de las neurosis, nos hemos
    ocupado hasta ahora, casi exclusivamente, de los lazos
    que unen a aquellos instintos eróticos que persiguen aún
    fines sexuales directos, con sus objetos correspondien-
    tes. En la multitud no puede tratarse, evidentemente, de
    tales fines. Nos hallamos aquí ante instintos eróticos que

  • S.

    52

    sin perder nada de su energía, aparecen desviados de
    sus fines primitivos. Ahora bien, ya dentro de los límites
    de la fijación sexual ordinaria a objetos, hemos observa-
    do fenómenos que corresponden a una desviación del
    instinto de su fin sexual y los hemos descrito como gra-
    dos del estado amoroso, reconociendo que comportan
    una cierta limitación del Yo. En las páginas que siguen,
    vamos a examinar con particular atención estos fenóme-
    nos del enamoramiento, con la esperanza–fundada, a
    nuestro juicio–de deducir de ellos conclusiones aplica-
    bles a los lazos afectivos que atraviesan las masas. Ade-
    más, quisiéramos averiguar si esta clase de fijación a un
    objeto, tal como la observamos en la vida sexual, es el
    único género existente de enlace afectivo a otra persona
    o si habremos de tener en cuenta otros mecanismos.
    Ahora bien, la psicoanálisis nos revela precisamente la
    existencia de estos otros mecanismos del enlace afectivo
    al descubrirnos las identificaciones, procesos
    aún insuficientemente conocidos y difíciles de describir,
    cuyo examen va a mantenernos alejados durante algún
    tiempo, de nuestro tema principal, la psicología co-
    lectiva.