• S.

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    PROF. S. FREUD

    afectiva o la tarea de mantener sumergidas fan-
    tasías sexuales continuamente emergentes, se empo-
    brece tanto la energía de que puede disponer, que se
    ve obligado a restringir su gasto en muchos lugares,
    semejante a un especulador que tiene inmovilizado su
    dinero en sus empresas. Un instructivo ejemplo de una
    tal inhibición general de corta duración me fué ofreci-
    do por un enfermo de neurosis obsesiva que quedaba
    sumido en una fatiga paralizadora, durante uno o va-
    rios días, en ocasiones que habrían debido provocar
    un acceso de ira. A nuestro juicio, debe tener aquí su
    punto inicial un camino que habrá de conducirnos a la
    comprensión de la inhibición general característica de
    los estados graves de depresión, y sobre todo, de la
    melancolía, el más grave de tales estados.

    Podemos, pues, decir, finalmente, de las inhibicio-
    nes, que son restricciones de las funciones del Yo,
    bien como precaución, bien a consecuencia de un em-
    pobrecimiento de energía. Fácilmente vemos ya en
    qué se diferencia la inhibición del síntoma. El síntoma
    no puede ser ya descrito como un proceso en el Yo.

    II.

    Los rasgos fundamentales de la formación de sínto-
    mas han sido ya estudiados por nosotros hace mucho
    tiempo y esperamos haberlos fijado indiscutible y defi-
    nitivamente. El síntoma sería, pues, un signo y un sus-
    titutivo de una inlograda satisfacción de un instinto, un
    resultado del proceso de la represión. La represión
    parte del Yo, que a veces, por mandato del super-
    Yo,

  • S.

    13

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    rehusa agregarse a una carga instintiva iniciada en el
    Ello. Por medio de la represión, logra el Yo que la
    representación sustentadora del impulso afectivo in-
    deseable, quede mantenida lejos de la conciencia.
    El análisis revela muchas veces, que dicha representa-
    ción ha continuado existiendo como formación incons-
    ciente. Hasta aquí vamos viendo claro, pero no tardan
    en presentarse dificultades aún no resueltas.

    En las descripciones que hasta ahora hemos hecho
    del proceso de la represión, aparece, desde luego,
    acentuado, el apartamiento de la conciencia, de la re-
    presentación reprimida, como resultado del proceso
    represor, pero en estos extremos, se deja aún margen
    a ciertas dudas. Así, la cuestión de cuál es el destino
    del impulso instintivo activado en el Ello y que tiende
    a su satisfacción. A esta interrogación respondimos
    indirectamente, diciendo, que por el proceso de la re-
    presión, se transformaba en displacer el placer de satis-
    facción esperado, hallándonos entonces ante el proble-
    ma de cómo podía ser displacer el resultado de una
    satisfacción de un instinto, cuestión que esperamos
    dejar explicada, declarando que la descarga de excita-
    ción propuesta en el Ello, no tiene efecto a consecuen-
    cia de la represión, consiguiendo el Yo inhibirla o des-
    viarla. De este modo, queda resuelto el enigma de la
    «transformación de los afectos» en la represión. Pero
    con ello concedemos que el Yo puede ejercer, sobre
    los procesos desarrollados en el Ello, una muy amplia
    influencia, y habremos de investigar por qué medios
    se le hace posible desarrollar un tan sorprendente
    poderío.

    A mi juicio, tal influencia la adquiere el Yo a conse-
    cuencia de sus íntimas relaciones con el sistema de la
    percepción, relaciones que constituyen su esencia y la

  • S.

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    PROF. S. FREUD

    causa de su diferenciación del Ello. La función de este
    sistema se halla enlazada al fenómeno de la concien-
    cia; el sistema de la percepción no recibe solamente
    estímulos del exterior, sino también del interior, y por
    medio de las sensaciones de placer y displacer, inten-
    ta orientar todas las corrientes del suceder anímico en
    el sentido del principio del placer. Gustamos de supo-
    ner al Yo impotente contra el Ello, pero lo cierto es, que
    cuando pugna contra un proceso instintivo desarrolla-
    do en el Ello, no necesita sino dar una señal de
    displacer, para alcanzar su propósito, con la ayu-
    da del principio del placer, instancia casi omnipo-
    tente. Considerando aisladamente esta situación, po-
    demos ilustrarla con un ejemplo procedente de una
    distinta esfera: En un Estado existe una pequeña mi-
    noría contraria a la adopción de una determinada me-
    dida legislativa. Esta medida satisfaría las aspiracio-
    nes de la gran masa ciudadana, pero la minoría ad
    versa se apodera de la Prensa, trabaja por su media-
    ción la soberana «opinión pública» y consigue impedir
    la promulgación de la ley proyectada.

    A esta solución vienen a enlazarse nuevas interro-
    gaciones, entre ellas la referente a la procedencia de
    la energía empleada para generar la señal de displa-
    cer. Sírvenos de orientación en este punto, la idea de
    que la defensa contra un proceso interior indeseado
    puede desarrollarse análogamente a la defensa contra
    un estímulo externo, esto es, la idea de que el Yo sigue
    en su defensa, tanto contra peligros exteriores como
    interiores, un mismo camino. Ante un peligro exterior
    emprende el ser orgánico un intento de fuga, comen-
    zando por retirar la carga de la percepción de lo peli-
    groso; pero después reconoce como el medio más efi-
    caz la ejecución de actos musculares, tales que la per-

  • S.

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    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    cepción del peligro, aunque no es ya negada, queda
    hecha imposible, sustrayéndose así a la esfera de ac-
    ción del peligro. La represión equivale a un tal intento
    de fuga. El Yo retrae la carga (preconsciente) de la
    representación instintiva que de reprimir se trata y la
    utiliza para la génesis de displacer (de angustia). El
    problema de cómo surge angustia en la represión,
    puede muy bien ser de carácter complejo, pero ello no
    obsta para mantener la idea de que el Yo es la verda-
    dera sede de la angustia y rechazar la opinión primiti-
    va de que la energía de carga del movimiento afectivo
    reprimido era transformada automáticamente en an-
    gustia. Al expresarnos así en ocasiones anteriores,
    realizamos una descripción fenomenológica y no una
    exposición metapsicológica.

    De lo dicho se deriva otra nueva interrogación: la
    de cómo es posible, económicamente, que un mero
    proceso de sustracción o desviación, como el que tiene
    efecto al retraer la carga preconsciente del Yo, puede
    generar displacer o angustia, afectos que, según nues-
    tras hipótesis, sólo pueden ser consecuencias de una
    elevada carga. A esto responderemos que tal motiva-
    ción no necesita aclaración económica alguna, pues la
    angustia que surge en la represión, no es creada de
    nuevo, sino reproducida como estado afectivo, según
    una imagen mnémica previa. Pero planteando la inte-
    rrogación sobre la procedencia de esta angustia – o en
    general, de los afectos – abandonamos el terreno psi-
    cológico, indiscutido, y penetramos en el campo limí-
    trofe de la fisiología. Los estados afectivos se hallan
    incorporados a la vida anímica como residuos de su
    cesos traumáticos primitivos, y despiertan, como sím-
    bolos mnémicos, en situaciones análogas a dichos an-
    tiquísimos sucesos. No creo haber incurrido en error,

  • S.

    16

    PROF. S. FREUD

    al equipararlos a los ataques histéricos, de ulterior ad-
    quisición individual, y considerarlos como sus modelos
    normales. El acto del nacimiento, como primera expe-
    riencia angustiosa individual, parece haber prestado a
    la expresión del afecto de angustia, rasgos caracterís-
    ticos. Pero no debemos exagerar la importancia de
    esta conexión, ni desconocer que el símbolo afectivo
    es una necesidad biológica de la situación de peligro,
    en la cual habría siempre de ser creado un tal símbo-
    lo. Creo, además, injustificado, admitir que en toda ex-
    plosión de angustia, suceda en el alma algo equivalente
    a una reproducción de la situación del nacimiento. Ni si-
    quiera es seguro que los ataques histéricos, los cuales
    son primitivamente reproducciones traumáticas de este
    género, conserven a la larga, tal carácter.

    En otro lugar, hube ya de indicar que la mayor
    parte de las represiones que se nos presentan en nues-
    tra labor terapéutica, son casos de represión secun-
    daria. Suponen, en efecto, represiones pri-
    mitivas, que ejercen una influencia de atracción
    sobre las nuevas situaciones. Nuestro conocimiento
    de estos fondos y estadios primitivos de la represión
    es aún harto insuficiente. Con suma facilidad se cae
    en el error de exagerar el papel que el super-Yo desem-
    peña en la represión. De momento, no es posible aún
    determinar si la aparición del super-Yo crea la línea di-
    visoria entre la represión primitiva y la secundaria.
    De todos modos, las primeras explosiones de angus-
    tia, muy intensas, tienen efecto antes de la diferencia-
    ción del super-Yo, y es muy posible que los más pró-
    ximos motivos de la represión primitiva sean factores
    cuantitativos, tales como una extraordinaria intensidad
    de la excitación o la ruptura de la protección contra
    los estímulos.

  • S.

    17

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    La mención de este dispositivo protector nos recuer-
    da que las represiones surgen en dos situaciones di-
    ferentes: cuando una percepción externa despierta un
    impulso instintivo indeseable y cuando un tal impul-
    so emerge en el interior, sin estímulo alguno externo.
    Más adelante volveremos sobre esta dualidad. Por
    ahora, nos limitaremos a advertir que sólo contra los
    estímulos externos y no contra los impulsos instinti-
    vos internos, existe un dispositivo protector.

    En tanto estudiamos el intento de fuga del Yo, per-
    manecemos lejos de la formación de síntomas. El sín-
    toma surge del impulso instintivo obstaculizado por la
    represión. Cuando con la intervención auxiliadora de
    la señal de displacer, logra el Yo su propósito de sub-
    yugar totalmente el impulso instintivo, no logramos la
    menor noticia del proceso represivo. Sólo en los ca-
    sos de represiones más o menos fracasadas conse-
    guimos seguir el curso de dicho proceso.

    En estos casos, comprobamos generalmente, que el
    impulso instintivo ha encontrado, a pesar de la repre-
    sión, un sustitutivo, si bien muy disminuído, desplaza-
    do y coartado, siendo imposible reconocer tal sustitu-
    tivo como una satisfacción del instinto objeto de la
    represión. Su realización no produce tampoco placer
    ninguno y, en cambio, toma un carácter obsesivo. Pero
    en este rebajamiento de la satisfacción a la categoría
    de síntoma, muestra aún su poderío la represión, en un
    distinto aspecto. El proceso sustitutivo ve, en efecto,
    dificultada su descarga por medio de la motilidad, y
    cuando tal detención no queda por completo conse-
    guida, se ve obligado a agotarse en su propia trans-
    formación, privado de extenderse al mundo exterior e
    impedido de transformarse en acción. Deducimos,
    pues, que en la represión, labora el Yo bajo la influen-
    cia.

  • S.

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    PROF. S. FREUD

    cia de la realidad exterior y excluye, por lo tanto, de
    esta realidad, el éxito del proceso sustitutivo.

    El Yo domina tanto el acceso a la conciencia como
    el paso a la acción contra el mundo exterior, y en la
    represión, ejerce su poderío en ambas direcciones,
    por un lado, sobre la representación instintiva, y por
    otro, sobre el impulso instintivo mismo. Surge aquí la
    cuestión de cómo este reconocimiento del poderío del
    Yo puede conciliarse con la descripción que de la si-
    tuación del mismo hicimos en nuestro estudio «El Yo
    y el Ello» 1), en el cual afirmamos que el Yo se ha-
    llaba, tanto con respecto al Ello, como con respecto
    al super-Yo, en una relación de dependencia, y descri-
    bimos su impotencia y su disposición a la angustia
    ante ambos, revelando la trabajosa dificultad con la
    que mantenía su superioridad. Este aserto ha encon-
    trado desde entonces resonante eco en la literatura
    psicoanalítica, siendo ya muchos los autores que acen-
    túan insistentemente la debilidad del Yo con respecto
    al Ello, de lo racional con respecto a lo demoníaco,
    disponiéndose a convertir este principio en base fun-
    damental de una «concepción psicoanalítica del uni-
    verso». Ahora bien; el conocimiento de cómo actúa la
    represión es quizá muy apropiado para retener al ana-
    lítico de una tan extrema decisión.

    Personalmente, no soy partidario de la elaboración
    de sistemas universales. Es ésta una tarea que debe-
    mos dejar a los filósofos, los cuales, según repetida
    confesión, no consideran realizable el viaje a través
    de la vida, sin un tal Baedeker, con noticias de todo y
    sobre todo. Por nuestra parte, aceptamos humilde-
    mente el desprecio con que los señores filósofos nos


    1)Véase el tomo IX de estas «Obras completas».

  • S.

    19

    miran desde su más elevada indigencia. Mas como
    tampoco nos es posible dominar por completo nuestro
    orgullo narcisista, buscaremos un consuelo reflexio-
    nando, que todas estas «guías de la existencia» enve-
    jecen pronto, que precisamente nuestra labor limitada
    y de corto alcance es la que hace necesarias nuevas
    ediciones, y que incluso los más modernos Baedeker
    de este género no son sino tentativas de sustituir el
    viejo catecismo, tan cómodo y completo.

    Sabemos muy bien cuán poca luz ha podido arro-
    jar hasta ahora la ciencia sobre los enigmas de este
    mundo. Todos los esfuerzos de los filósofos continua-br>rán siendo vanos. Sólo una paciente perseverancia en
    una labor que todo lo subordine a una aspiración a la
    inmutable y segura certeza, puede lentamente lograr
    algo. El viajero que camina en la oscuridad rompe a
    cantar para engañar sus temores, mas no por ello ve
    más claro.

    III

    Retornemos al problema del Yo: La aparente contra-
    dicción antes señalada procede de que consideramos
    demasiado inflexibles las abstracciones y sólo obser-br>vamos, cada vez, un único aspecto de los varios que
    presenta una complicada totalidad. La diferenciación
    entre el Yo y el Ello, que hubo de sernos impuesta por
    determinadas particularidades, parece plenamente jus-
    tificada. Mas por otra parte, el Yo y el Ello coinciden,
    no siendo el primero sino una parte, especialmente di-
    ferenciada, del segundo. Cuando confrontamos en