• S.

    47

    VI

    Durante esta lucha, podemos observar dos activida-
    des del Yo, dedicadas a la formación de síntomas,
    que presentan particular interés, por ser evidentes
    subrogados de la represión y muy apropiadas, por lo
    tanto, para explicarnos la tendencia y la técnica de
    este proceso. La aparición de estas técnicas auxiliares
    y substitutivas podemos quizá interpretarla como una
    prueba de que la represión propiamente dicha tropie-
    za con dificultades. Reflexionando que en la neurosis
    obsesiva es el Yo, mucho más ampliamente que en la
    histeria, escena de la formación de síntomas, que este
    Yo se mantiene tenazmente aferrado a su relación con
    la realidad y con la conciencia, empleando en ello to-
    dos sus medios intelectuales, y que hasta el pensa-
    miento mismo aparece erotizado e invadido por una
    sobrecarga psíquica, reflexionando, repetimos, sobre
    estas circunstancias, nos aproximaremos quizá a la
    comprensión de las referidas variantes de la repre-
    sión.

    Las dos técnicas indicadas son la de «borrar lo su-
    cedido» y la del «aislamiento». La primera tiene un más
    amplio campo de acción y alcanza mucho más atrás.
    Es, por decirlo así, magia negativa, y tiende a «supri-
    mir», por medio del simbolismo motor, no ya las con-
    secuencias de un suceso (impresión o experiencia),
    sino el suceso mismo. No sólo en la neurosis, sino
    también en los ritos mágicos, en los usos y supersti-
    ciones populares y en el ceremonial religioso, desem-
    peña esta técnica un importante papel. En la neurosis

  • S.

    – 48 –

    PROF. S. FREUD

    obsesiva la hallamos entre los síntomas de dos tiem-
    pos, en los que un segundo acto borra el primero,
    como si éste no hubiera sucedido, cuando en realidad,
    han sucedido los dos. El ceremonial de la neurosis
    obsesiva tiene en la intención de borrar lo sucedido,
    su segunda raíz. La primera es la evitación de que
    algo determinado suceda o se repita. Fácilmente se ve
    la diferencia entre ambas; las medidas preventivas son
    de naturaleza racional, y las «supresiones» por el me-
    dio de borrar lo sucedido, de naturaleza mágica, irra-
    cional. Naturalmente, hemos de suponer que esta se-
    gunda raíz es la más antigua, procediendo de la acti-
    tud animista con respecto al mundo circumambiente.
    La tendencia a borrar lo sucedido encuentra, dentro
    de lo normal, su mitigado reflejo, en la decisión de con-
    siderar algo como «no sucedido», pero en este caso, lo
    que hacemos es prescindir por completo del suceso de
    que se trate y de sus consecuencias, sin emprender
    nada contra él ni ocuparnos de él para nada, mientras
    que el neurótico intenta suprimir por sí mismo el pasa-
    do, mediante actos motores. Esta misma tendencia
    puede darnos también la explicación de la repeti-
    ción obsesiva, tan frecuente en la neurosis, y en la
    cual confluyen varias tendencias contradictorias.
    Aquello que no ha sucedido como el sujeto deseaba
    que sucediera es borrado por medio de su repetición
    en forma distinta, acumulándose toda una serie de
    motivos para continuar indefinidamente tales repeti-
    ciones. En el curso ulterior de la neurosis, se revela a
    menudo, como un principalísimo motivo de formación
    de síntomas, la tendencia a borrar una experiencia trau-
    mática, mostrándosenos así, inesperadamente, una
    nueva técnica motora de la defensa, o como ya pode-
    mos decir con escasa inexactitud, de la represión.

  • S.

    49

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    La segunda de las nuevas técnicas cuya descripción
    hemos emprendido, es la del «a i s l a m i e n t o»; pe-
    culiarísima de la neurosis obsesiva. Se refiere también
    a la esfera motora y consiste en que después de un
    suceso desagradable o de un acto propio, importante
    desde el punto de vista de la neurosis, es interpolada
    una pausa en la que nada debe suceder, no efectuán-
    dose durante ella percepción alguna ni ejecutándose
    acto de ningún género. Esta conducta, que en un
    principio hallamos singular, nos revela pronto sus re-
    laciones con la represión. Sabemos, que en la histeria,
    es posible abandonar a la amnesia una impresión
    traumática. En la neurosis obsesiva, no se da este
    caso. El suceso no es olvidado, pero sí despojado de
    su afecto y suprimidas o interrumpidas sus relaciones
    asociativas, quedando, así, aislado, y no siendo tam-
    poco reproducido en el curso del pensamiento. El
    efecto de este aislamiento es entonces igual al de la
    represión con amnesia. Esta técnica es la empleada
    en los aislamientos de la neurosis obsesiva, siendo
    además reforzada por medio de actos motores de in-
    tención mágica. Lo que así queda separado es preci-
    samente aquello que debía unirse por asociación. El
    aislamiento motor garantiza la interrupción de la co-
    herencia mental. Esta conducta de la neurosis tiene su
    paralelo normal en el proceso de la concentración,
    por medio del cual tendemos a evitar que una impre-
    sión o una labor que juzgamos importantes, sean per-
    turbadas por otras operaciones mentales o actividades
    simultáneas. Pero ya en lo normal, utilizamos la con-
    centración no sólo para mantener apartado lo indife-
    rente o lo heterogéneo, sino, sobre todo, lo antitético.

    Lo que más perturbador nos parece, es aquello que
    primitivamente estuvo unido y quedó luego separado

  • S.

    50

    en el curso progresivo del desarrollo, por ejemplo, las
    manifestaciones de la ambivalencia del complejo pa-
    terno, en nuestra relación con Dios, o los impulsos de
    los órganos excretorios, en las emociones amorosas.
    De este modo, el Yo tiene que realizar normalmente
    una gran labor de aislamiento en su dirección del cur-
    so del pensamiento, y ya sabemos, que en el ejercicio
    de la técnica analítica, hemos de enseñar al Yo a re-
    nunciar temporalmente a esta función, justificada en
    todo otro momento.

    Sabemos por continua experiencia, que para el en-
    fermo de neurosis obsesiva resulta particularmente di-
    fícil seguir las reglas psicoanalíticas fundamentales.
    Probablemente, a consecuencia de la alta tensión del
    conflicto, existente entre el super-Yo y el Ello de estos
    enfermos, es su Yo más vigilante y más rigurosos los
    aislamientos que el mismo lleva a cabo, pues durante
    su labor mental tiene que rechazar multitud de elemen-
    tos, defendiéndose contra la inmixtión de fantasías in-
    conscientes y contra la exteriorización de las tenden-
    cias ambivalentes. No puede abandonarse ni un solo
    instante y ha de hallarse siempre dispuesto al comba-
    te, reforzando, además, esta concentración y esta la-
    bor de aislamiento obsesivas por medio de actos má-
    gicos de aislamiento, tan singulares en calidad de
    síntomas como importantes desde el punto de vista
    práctico de la neurosis, actos de un carácter de cere-
    monial y, naturalmente, desprovistos en sí de toda
    utilidad real.

    Al procurar evitar las asociaciones, el Yo de estos
    enfermos no hace sino seguir uno de los más antiguos
    y fundamentales mandamientos de la neurosis obesi-
    va: el tabú del contacto. A la interrogación de
    por qué la evitación del contacto y del contagio des-

  • S.

    51

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    empeña en la neurosis un papel tan importante, apa-
    reciendo como contenido de complicadísimos siste-
    mas, hallamos la respuesta de que el contacto físico
    constituye el fin más próximo de la carga del objeto,
    tanto agresiva como amorosa. El Eros quiere el con-
    tacto, pues tiende a la unión, a la supresión de los lí-
    mites espaciales entre el Yo y el objeto amado. Pero
    también la destrucción, que antes de la invención de
    las armas que permiten combatir a distancia, sólo po-
    día tener efecto en el cuerpo a cuerpo, supone el con-
    tacto físico, la aprehensión manual. Y como la neuro-
    sis obsesiva persigue al principio el contacto erótico y
    luego, después de la regresión, el contacto disfrazado
    de agresión, nada hay que pueda serle prohibido más
    rigurosamente ni tampoco más apropiado para cons-
    tituirse en nódulo de un sistema prohibitivo. Ahora
    bien; el aislamiento es la supresión de la posibilidad
    de contacto, el medio de sustraer algo a todo contac-
    to, y cuando el neurótico aísla una impresión o una
    actividad por medio de una pausa subsiguiente, da a
    entender, simbólicamente, que no quiere que los pen-
    samientos a ellas relativos entren en contacto asocia-
    tivo con otros.

    Hasta aquí nuestras investigaciones sobre la forma-
    ción de síntomas. Casi no merece la pena de resumir-
    las. Sus resultados han sido escasos, quedan incom-
    pletas y no nos han proporcionado mucho que no nos
    fuera ya conocido. Sería inútil extender nuestro exa-
    men a la formación de síntomas en otras afecciones
    distintas de las fobias, la histeria de conversión y la
    neurosis obsesiva, pues salvo en estos casos, nos es
    casi por completo desconocida. Pero de la yuxtaposi-
    ción de las tres neurosis indicadas surge ya un grave
    problema, cuyo estudio no es posible aplazar por más

  • S.

    52

    tiempo. En las tres, constituye el complejo de Edipo
    el punto de partida y admitimos, como motor de la re-
    sistencia del Yo, el miedo a la castración. Pero sólo
    en las fobias, se exterioriza y confiesa este miedo.
    ¿Qué se ha hecho de él en las otras dos formas y
    cómo se lo ha ahorrado el Yo? El problema se agudi-
    za aún más al pensar en la posibilidad antes indicada
    de que la angustia surja espontáneamente, por una
    especie de fermentación, de la carga de libido obs-
    taculizada en su curso. Además, ¿es seguro que el
    miedo a la castración sea el único motor de la repre-
    sión (o de la defensa)? Si pensamos en las neurosis
    femeninas, habremos de ponerlo en duda, pues aunque
    también en las mujeres se comprueba con toda segu-
    ridad la existencia del complejo de castración, no pue-
    de hablarse de un miedo a la castración propiamente
    dicho, en casos en que tal castración ha tenido ya
    efecto.

    VII

    Volveremos a las zoofobias infantiles, puesto que
    son los casos a cuya comprensión hemos conseguido
    aproximarnos más. Como ya vimos, el Yo tiene que
    actuar en estas afecciones, contra una carga de objeto
    libidinosa del Ello (la del complejo de Edipo, positivo
    o negativo), por comprender que el aceptarla traería
    consigo el peligro de la castración. Al examinar en
    páginas anteriores este proceso, nos quedó por discu-
    tir una pequeña duda, que ahora tenemos ocasión de
    poner en claro. Se trata de elucidar si en el caso de