S.
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tiempo. En las tres, constituye el complejo de Edipo
el punto de partida y admitimos, como motor de la re-
sistencia del Yo, el miedo a la castración. Pero sólo
en las fobias, se exterioriza y confiesa este miedo.
¿Qué se ha hecho de él en las otras dos formas y
cómo se lo ha ahorrado el Yo? El problema se agudi-
za aún más al pensar en la posibilidad antes indicada
de que la angustia surja espontáneamente, por una
especie de fermentación, de la carga de libido obs-
taculizada en su curso. Además, ¿es seguro que el
miedo a la castración sea el único motor de la repre-
sión (o de la defensa)? Si pensamos en las neurosis
femeninas, habremos de ponerlo en duda, pues aunque
también en las mujeres se comprueba con toda segu-
ridad la existencia del complejo de castración, no pue-
de hablarse de un miedo a la castración propiamente
dicho, en casos en que tal castración ha tenido ya
efecto.VII
Volveremos a las zoofobias infantiles, puesto que
son los casos a cuya comprensión hemos conseguido
aproximarnos más. Como ya vimos, el Yo tiene que
actuar en estas afecciones, contra una carga de objeto
libidinosa del Ello (la del complejo de Edipo, positivo
o negativo), por comprender que el aceptarla traería
consigo el peligro de la castración. Al examinar en
páginas anteriores este proceso, nos quedó por discu-
tir una pequeña duda, que ahora tenemos ocasión de
poner en claro. Se trata de elucidar si en el caso deS.
53
INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA
Juanito, o sea en el del complejo de Edipo positivo, es
el impulso amoroso hacia la madre o el agresivo con-
tra el padre, el que provoca la defensa del Yo. Desde
el punto de vista práctico no parece presentar esta
cuestión demasiado interés, puesto que los dos impul-
sos se condicionan de un modo recíproco, pero teóri-
camente sí, por ser el impulso amoroso hacia la madre
el único que podemos considerar puramente erótico.
El impulso agresivo depende, en efecto, esencialmen-
te, del instinto de destrucción y siempre hemos creído
que contra lo que el Yo se defiende en la neurosis, es
contra las exigencias de la libido y no contra las de
los demás instintos. En realidad, vemos que después
de la formación de la fobia, parece desvanecerse el
impulso amoroso hacia la madre, como si la represión
lo hubiese eliminado totalmente, teniendo lugar en
cambio, en el impulso agresivo, la formación del sín-
toma (o del sustitutivo). El caso del sujeto atacado de
fobia a los lobos es más sencillo; el impulso reprimi-
do es un impulso erótico–la actitud femenina con
respecto al padre–y la formación de síntomas tiene
también efecto en él.Es casi vergonzoso que después de tan larga la-
bor tropecemos aún con dificultades incluso en los
puntos más fundamentales, pero nos hemos propues-
to no simplificar ni ocultar nada. Si no conseguimos
solucionar el problema, queremos, por lo menos, dar-
nos clara cuenta de sus incógnitas. Lo que aquí nos
estorba el camino es quizá algún defecto en el des-
arrollo de nuestra teoría de los instintos. En un prin-
cipio, perseguimos las organizaciones de la libido
desde la fase oral a través de la fase sádico-anal,
hasta la fase genital, considerando equivalentes en las
tres, los componentes del instinto sexual. Más tarde,S.
54
nos pareció ver en el sadismo, el representante de otro
instinto, contrario al Eros. Y ahora, nuestra nueva
teoría de la división de los instintos en dos grupos, pa-
rece destruir nuestra anterior concepción de las fases
sucesivas de la organización de la libido. Mas para
salir de esta dificultad no precisamos descubrir auxi-
lio ninguno nuevo, pues nos lo ofrece el hecho, ya
conocido, de que jamás se nos presentan impulsos
instintivos puros, sino aleaciones de instintos de los
dos grupos, en proporciones diferentes. Así, pues, la
carga sádica de objeto puede ser tratada como una
carga libidinosa; las organizaciones de la libido no
precisan de revisión alguna y el impulso agresivo
contra el padre puede ser, del mismo modo que el
amoroso hacia la madre, objeto de la represión. De
todos modos, señalaremos como materia de ulterio-
res reflexiones, la posibilidad de que la represión sea
un proceso especialmente relacionado con la organi-
zación genital de la libido y que el Yo acuda a méto-
dos distintos de defensa cuando haya de actuar con
tra la libido en otras fases de la organización de la
misma, diferentes de la genital. Señalada esta posibi-
lidad, continuaremos nuestro camino. El caso de Juani-
llo no nos permite decidir la cuestión planteada. En él
es eliminado, ciertamente, por represión, un impulso
agresivo, pero ello sucede alcanzada ya la organiza-
ción genital.Evitaremos perder de vista esta vez la relación con
la angustia. Decíamos que en cuanto el Yo reconoce
el peligro de castración, da la señal de angustia e in-
hibe, por medio de la instancia del placer-displacer y
en forma que aún no conocemos, el amenazador pro-
ceso de carga en el Ello. Simultáneamente, tiene efec-
to la formación de la fobia. El miedo a la castraciónS.
55
INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA
recibe un objeto distinto y una expresión disfrazada-
ser mordido por un caballo (o devorado por un lobo)
en lugar de ser castrado por el padre–. La formación
de sustitutivo tiene dos evidentes ventajas. En primer
lugar, evita un conflicto por ambivalencia, pues el pa-
dre es, al mismo tiempo, un objeto amado, y el segun-
do, permite al Yo el desarrollo de angustia. La angus-
tia de la fobia es, en efecto, facultativa. No aparece
sino ante la percepción de su objeto, cosa perfecta-
mente justificada, puesto que sólo entonces existe el
peligro. De un padre ausente, no puede temerse la
castración. Ahora bien, el padre no puede ser supri-
mido, y aparece ante el sujeto cuando quiere. Pero
una vez substituído el padre por un animal, el sujeto
no tiene más que evitar la percepción del mismo, o
sea su presencia, para vivir libre de peligro y de an-
gustia. Así, pues, Juanito impone a su Yo una limita-
ción, la de no salir a la calle, para no encontrarse con
un caballo. El pequeño sujeto ruso se libra del peligro
mucho más cómodamente y sin sacrificio ninguno. Le
basta con no tocar un cierto libro de estampas, y si su
hermana no se complaciese malignamente en ponerle
de continuo, ante los ojos, la que representa al lobo
en actitud de atacar, podría considerarse seguro a
poca costa.En otro lugar, hubimos de atribuir a la fobia el ca-
rácter de una proyección, suponiendo que sustituía un
peligro instintivo interior por un peligro exterior de-
pendiente de una percepción. Tal sustitución tendría la
ventaja de que el sujeto podía asegurarse contra el pe-
ligro exterior apelando a la fuga y evitando la percep-
ción, mientras que con el peligro interior no hay fuga
posible. Esta observación nuestra no es, desde luego,
inexacta, pero sí superficial. La exigencia del instintoS.
– 56 –
no constituye un peligro por sí misma, sino únicamen-
te por el hecho de traer consigo un verdadero peligro
exterior, el de la castración. De este modo, lo que en
la fobia sucede realmente, no es más que la sustitución
de un peligro exterior por otro también exterior. La
circunstancia de que en la fobia pueda el Yo eludir la
angustia, evitando una percepción o por medio de un
síntoma inhibitorio, se armoniza muy bien con la teo-
ría de que tal angustia nos es más que el signo de un
afecto, sin que la situación económica haya variado en
lo más mínimo.Así, pues, la angustia de las zoofobias es una reac-
ción afectiva del Yo al peligro, y el peligro en ellas
señalado es el de la castración. La única diferencia
existente entre esta angustia y la angustia real que el
Yo exterioriza normalmente en situaciones peligrosas,
es la de que su contenido es inconsciente y sólo dis-
frazado y deformado llega a la conciencia.Esta misma concepción resulta aplicable a las fobias
de sujetos adultos, si bien es en ellas mucho más con-
siderable el material que la neurosis elabora, agregán-
dose, además, a la formación de síntomas, algunos
otros factores. Pero en el fondo, no hay deferencia
alguna. El enfermo de agorafobia impone a su Yo una
limitación para huir de un peligro provocado por un
instinto. Este peligro es la tentación de ceder a sus
deseos eróticos, con lo cual correría, como en la in-
fancia, el peligro de la castración u otro análogo.
Como ejemplo, citaré el caso de un joven que enfermó
de agorafobia porque temía ceder a las invitaciones de
las prostitutas y contraer, en castigo, una infección
luética.Sabemos muy bien, que muchos casos presentan una
más complicada estructura y que en la fobia, puedenS.
57
confluir muchos otros impulsos instintivos reprimidos,
pero estos últimos no son sino auxiliares, y por lo ge-
neral, han venido a enlazarse ulteriormente al nódulo
de la neurosis. La sintomática de la agorafobia se
hace más complicada por el hecho de que el Yo no se
contenta con renunciar a algo, sino que agrega ele-
mentos destinados a despojar a la situación, de su
peligro. Esta agregación es habitualmente una regre-
sión temporal a los años infantiles (en los casos extre-
mos hasta la existencia fetal anterior al nacimiento,
época en la que el sujeto se hallaba a cubierto de los
peligros que hoy le amenazan) y toma la forma de una
condición bajo la cual puede prescindirse de la renun-
cia. Así, el enfermo de agorafobia, se arriesgará a sa-
lir a la calle si va acompañado, como cuando era
niño, por una persona de su confianza, o también
solo, con tal de no alejarse de su casa sino una deter-
minada distancia, o no ir a sitios que no le son fami-
liares o en los que la gente no le conoce. En la elec-
ción de estas condiciones, se muestra la influencia de
factores infantiles, que dominan al sujeto por media-
ción de su neurosis. Totalmente inequívoca, aun sin
una tal regresión infantil, es la fobia a la soledad, que
en el fondo, trata de evitar la tentación del vicio soli-
tario. La condición de la regresión infantil es, natural-
mente, que la infancia sea ya pretérita para el sujeto.
La fobia se constituye, por lo general, después de
haber experimentado el sujeto en determinadas cir-
cunstancias–en la calle, en el tren, hallándose solo,
etc.,–un primer ataque de angustia. Esta queda des-
pués vencida, pero surge de nuevo siempre que falta
la condición protectora. El mecanismo de la fobia
presta, como medio de defensa, excelentes servicios y
muestra una gran tendencia a la estabilidad. Con fre-
S.
58
cuencia, pero no necesariamente, surge una continua-
ción de la lucha defensiva, dirigida, entonces, contra
el síntoma.Todo lo que hemos logrado descubrir sobre la an-
gustia en las fobias, es también aplicable a la neuro-
sis obsesiva. No es difícil reducir la situación dada en
esta neurosis, a la de la fobia. El motor de toda la ul-
terior formación de síntomas es aquí, evidentemente,
el miedo del Yo a su super-Yo. La situación peligrosa
a la que el Yo tiene que sustraerse, es la hostilidad
del super-Yo. Falta aquí toda apariencia de proyec-
ción; el peligro es totalmente interno. Pero si nos pre-
guntamos qué es lo que el Yo teme por parte del su-
per-Yo, habremos de reconocer que el castigo con que
amenaza el super-Yo es una continuación del consis-
tente en la castración. Así como el super-Yo es el pa-
dre despersonalizado, el miedo a la castración se ha
convertido en un miedo social indeterminado o de la
conciencia ética. Mas esta angustia permanece encu-
bierta, pues el Yo la elude, ejecutando obedientemente
los preceptos, prevenciones y actos expiatorios que le
son impuestos. Cuando algo le impide llevarlos a cabo,
surge en el acto, un malestar extraordinariamente pe-
noso, que los enfermos equiparan a la angustia y en el
que hemos de ver un equivalente de la misma. Pode-
mos, pues, concretar nuestros resultados en la forma si-
guiente: La angustia es la reacción a la situación peli-
grosa. El Yo la elude ejecutando algo encaminado a
evitar la situación o a escapar a ella. Podríamos decir,
que los síntomas son creados para evitar el desarrollo
de angustia, pero con ello no pasamos de la superfi-
cie, siendo más exacto decir, que son creados para evi-
tar la situación peligrosa señalada por el desarrollo
de angustia. Ahora bien, tal peligro era en los casosS.
59
INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA
hasta ahora examinados, la castración o algo deriva-
do de ella.Si la angustia es la reacción del Yo al peligro, no
será muy arriesgado considerar la neurosis traumáti-
ca, subsiguiente tantas veces a un peligro de muerte,
como una consecuencia directa del miedo a perder la
vida, independientemente, en este caso, del Yo y de
la castración. Esta teoría ha sido sostenida por la ma-
yor parte de los observadores de las neurosis traumá-
ticas de la gran guerra, muchos de los cuales se han
apresurado a presentarla triunfalmente, como prueba
de que un grave peligro corrido por el instinto de con-
servación, podía engendrar una neurosis, sin participa-
ción alguna de la sexualidad ni de ninguna de las
complicadas hipótesis de la psicoanálisis. Es muy de
lamentar, que no dispongamos de un solo análisis uti-
lizable de una neurosis traumática. No, ciertamente,
para rebatir la negación de la significación etiológica
de la sexualidad, pues esta cuestión ha quedado re-
suelta hace ya mucho tiempo con la introducción del
narcisismo, que equipara la carga libidinosa del Yo a
las cargas de objeto y acentúa la naturaleza libidinosa
del instinto de conservación, sino porque la carencia
de tales análisis nos priva de una preciosa ocasión de
hallar datos decisivos sobre la relación entre la an-
gustia y la formación de síntomas. Por todo lo que sa-
bemos de la estructura de las neurosis más simples de
la vida cotidiana, nos parece muy improbable que una
neurosis pueda surgir por el mero hecho objetivo del
peligro, sin participación alguna de las capas incons-
cientes más profundas del aparato anímico. Pero en
lo inconsciente, no existe nada que pueda dar un con-
tenido a nuestro concepto de la destrucción de la vida.
La castración se hace, por decirlo así, representable,S.
60
por la experiencia cotidia-
na de la eliminación del con-
tenido intestinal y por la pérdida del pecho materno
su-
frida en el destete. Pero jamás se ha experimentado
nada semejante a la muerte o por lo menos, como su-
cede con la pérdida del conocimiento, nada que haya
dejado huella perceptible. Mantenemos, pues, nuestra
hipótesis de que el miedo a morir ha de con-
cebirse
como análogo al miedo a la castración y que la situa-
ción a la que el Yo reaccio-
na, o sea la de ser abando-
nado por el super-Yo protec-
tor—por los poderes del
destino—es aquella con la que termina la seguridad
contra todos los peligros. Además, ha de tenerse en
cuenta, que en los sucesos que conducen a la neuro-
sis traumática, queda roto el dispositivo protec-
tor
contra los estímulos exteriores y llegan al aparato
anímico magnitudes extraordi-
narias de excitación, sur-
giendo así una segunda posibili-
dad: la de que la an-
gustia no sea sim-
plemente señalada como un afecto,
sino creada sobre la base de las condiciones econó-
micas de la situación.Con la última observación de que el Yo ha sido
preparado a la castración por pérdidas de objeto re-
gularmente re-
petidas, iniciamos una nueva concep-
ción
de la angustia. Si hasta ahora la veníamos conside-
rando como una señal afectiva del peligro, se nos
muestra en este punto, dada la frecuencia con que se
trata del peligro de la castra-
ción, como una reacción
a una pérdida o a una avulsión. No faltan circunstan-
cias que parecen contradecir esta hipótesis, pero en
cambio, nos afirma en ella una singular coinci-
dencia.
La primera experiencia angustiosa, por lo menos de
los hombres, es el nacimiento, el cual supone objeti-
vamente la separación de la madre y puede ser com-
parado (ateniéndonos a la igualdad: niño=pene) a laS.
61
INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA
castración de la madre. Sería muy satisfactorio poder
concluir que la angustia se repetía, como símbolo de
una separación, en toda separación ulterior, pero a
esta valoración de la coincidencia indicada se opone
desgraciadamente el hecho de que el nacimiento no es
sentido subjetivamente como una separación de la ma-
dre, puesto que ésta es desconocida, como objeto,
por el feto, totalmente narcisista. Otro reparo sería el
de que las reacciones afectivas a una separación nos
son conocidas y las experimentamos como dolor o
tristeza, pero no como angustia. De todos modos, re-
cordamos que en nuestro estudio de la tristeza no lle-
gamos a explicarnos por qué era tan dolorosa.VIII
Detengámonos ahora a reflexionar. Lo que busca-
mos es un conocimiento que nos revele la esencia de
la angustia, permitiéndonos separar la verdad del
error. Pero hasta aquí no hemos alcanzado sino resul-
tados contradictorios entre los cuales nos es imposi-
ble elegir imparcialmente. Por lo tanto, creemos con-
veniente cambiar de procedimiento y reunir ahora
todo lo que nos es posible decir sobre la angustia,
renunciando a la esperanza de una próxima síntesis.La angustia es, pues, en primer lugar, algo que sen-
timos. La calificamos de estado afectivo aunque no
sabemos bien lo que es un afecto. Como sensación,
presenta un franco carácter displaciente, pero no es
ésta la única de sus cualidades, pues no todo displa-
cer puede ser calificado de angustia. Existen, en efec--
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Inhibición, síntoma y angustia1926-001/1927.es
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