• S.

    52

    tiempo. En las tres, constituye el complejo de Edipo
    el punto de partida y admitimos, como motor de la re-
    sistencia del Yo, el miedo a la castración. Pero sólo
    en las fobias, se exterioriza y confiesa este miedo.
    ¿Qué se ha hecho de él en las otras dos formas y
    cómo se lo ha ahorrado el Yo? El problema se agudi-
    za aún más al pensar en la posibilidad antes indicada
    de que la angustia surja espontáneamente, por una
    especie de fermentación, de la carga de libido obs-
    taculizada en su curso. Además, ¿es seguro que el
    miedo a la castración sea el único motor de la repre-
    sión (o de la defensa)? Si pensamos en las neurosis
    femeninas, habremos de ponerlo en duda, pues aunque
    también en las mujeres se comprueba con toda segu-
    ridad la existencia del complejo de castración, no pue-
    de hablarse de un miedo a la castración propiamente
    dicho, en casos en que tal castración ha tenido ya
    efecto.

    VII

    Volveremos a las zoofobias infantiles, puesto que
    son los casos a cuya comprensión hemos conseguido
    aproximarnos más. Como ya vimos, el Yo tiene que
    actuar en estas afecciones, contra una carga de objeto
    libidinosa del Ello (la del complejo de Edipo, positivo
    o negativo), por comprender que el aceptarla traería
    consigo el peligro de la castración. Al examinar en
    páginas anteriores este proceso, nos quedó por discu-
    tir una pequeña duda, que ahora tenemos ocasión de
    poner en claro. Se trata de elucidar si en el caso de

  • S.

    53

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    Juanito, o sea en el del complejo de Edipo positivo, es
    el impulso amoroso hacia la madre o el agresivo con-
    tra el padre, el que provoca la defensa del Yo. Desde
    el punto de vista práctico no parece presentar esta
    cuestión demasiado interés, puesto que los dos impul-
    sos se condicionan de un modo recíproco, pero teóri-
    camente sí, por ser el impulso amoroso hacia la madre
    el único que podemos considerar puramente erótico.
    El impulso agresivo depende, en efecto, esencialmen-
    te, del instinto de destrucción y siempre hemos creído
    que contra lo que el Yo se defiende en la neurosis, es
    contra las exigencias de la libido y no contra las de
    los demás instintos. En realidad, vemos que después
    de la formación de la fobia, parece desvanecerse el
    impulso amoroso hacia la madre, como si la represión
    lo hubiese eliminado totalmente, teniendo lugar en
    cambio, en el impulso agresivo, la formación del sín-
    toma (o del sustitutivo). El caso del sujeto atacado de
    fobia a los lobos es más sencillo; el impulso reprimi-
    do es un impulso erótico–la actitud femenina con
    respecto al padre–y la formación de síntomas tiene
    también efecto en él.

    Es casi vergonzoso que después de tan larga la-
    bor tropecemos aún con dificultades incluso en los
    puntos más fundamentales, pero nos hemos propues-
    to no simplificar ni ocultar nada. Si no conseguimos
    solucionar el problema, queremos, por lo menos, dar-
    nos clara cuenta de sus incógnitas. Lo que aquí nos
    estorba el camino es quizá algún defecto en el des-
    arrollo de nuestra teoría de los instintos. En un prin-
    cipio, perseguimos las organizaciones de la libido
    desde la fase oral a través de la fase sádico-anal,
    hasta la fase genital, considerando equivalentes en las
    tres, los componentes del instinto sexual. Más tarde,

  • S.

    54

    nos pareció ver en el sadismo, el representante de otro
    instinto, contrario al Eros. Y ahora, nuestra nueva
    teoría de la división de los instintos en dos grupos, pa-
    rece destruir nuestra anterior concepción de las fases
    sucesivas de la organización de la libido. Mas para
    salir de esta dificultad no precisamos descubrir auxi-
    lio ninguno nuevo, pues nos lo ofrece el hecho, ya
    conocido, de que jamás se nos presentan impulsos
    instintivos puros, sino aleaciones de instintos de los
    dos grupos, en proporciones diferentes. Así, pues, la
    carga sádica de objeto puede ser tratada como una
    carga libidinosa; las organizaciones de la libido no
    precisan de revisión alguna y el impulso agresivo
    contra el padre puede ser, del mismo modo que el
    amoroso hacia la madre, objeto de la represión. De
    todos modos, señalaremos como materia de ulterio-
    res reflexiones, la posibilidad de que la represión sea
    un proceso especialmente relacionado con la organi-
    zación genital de la libido y que el Yo acuda a méto-
    dos distintos de defensa cuando haya de actuar con
    tra la libido en otras fases de la organización de la
    misma, diferentes de la genital. Señalada esta posibi-
    lidad, continuaremos nuestro camino. El caso de Juani-
    llo no nos permite decidir la cuestión planteada. En él
    es eliminado, ciertamente, por represión, un impulso
    agresivo, pero ello sucede alcanzada ya la organiza-
    ción genital.

    Evitaremos perder de vista esta vez la relación con
    la angustia. Decíamos que en cuanto el Yo reconoce
    el peligro de castración, da la señal de angustia e in-
    hibe, por medio de la instancia del placer-displacer y
    en forma que aún no conocemos, el amenazador pro-
    ceso de carga en el Ello. Simultáneamente, tiene efec-
    to la formación de la fobia. El miedo a la castración

  • S.

    55

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    recibe un objeto distinto y una expresión disfrazada-
    ser mordido por un caballo (o devorado por un lobo)
    en lugar de ser castrado por el padre–. La formación
    de sustitutivo tiene dos evidentes ventajas. En primer
    lugar, evita un conflicto por ambivalencia, pues el pa-
    dre es, al mismo tiempo, un objeto amado, y el segun-
    do, permite al Yo el desarrollo de angustia. La angus-
    tia de la fobia es, en efecto, facultativa. No aparece
    sino ante la percepción de su objeto, cosa perfecta-
    mente justificada, puesto que sólo entonces existe el
    peligro. De un padre ausente, no puede temerse la
    castración. Ahora bien, el padre no puede ser supri-
    mido, y aparece ante el sujeto cuando quiere. Pero
    una vez substituído el padre por un animal, el sujeto
    no tiene más que evitar la percepción del mismo, o
    sea su presencia, para vivir libre de peligro y de an-
    gustia. Así, pues, Juanito impone a su Yo una limita-
    ción, la de no salir a la calle, para no encontrarse con
    un caballo. El pequeño sujeto ruso se libra del peligro
    mucho más cómodamente y sin sacrificio ninguno. Le
    basta con no tocar un cierto libro de estampas, y si su
    hermana no se complaciese malignamente en ponerle
    de continuo, ante los ojos, la que representa al lobo
    en actitud de atacar, podría considerarse seguro a
    poca costa.

    En otro lugar, hubimos de atribuir a la fobia el ca-
    rácter de una proyección, suponiendo que sustituía un
    peligro instintivo interior por un peligro exterior de-
    pendiente de una percepción. Tal sustitución tendría la
    ventaja de que el sujeto podía asegurarse contra el pe-
    ligro exterior apelando a la fuga y evitando la percep-
    ción, mientras que con el peligro interior no hay fuga
    posible. Esta observación nuestra no es, desde luego,
    inexacta, pero sí superficial. La exigencia del instinto

  • S.

    – 56 –

    no constituye un peligro por sí misma, sino únicamen-
    te por el hecho de traer consigo un verdadero peligro
    exterior, el de la castración. De este modo, lo que en
    la fobia sucede realmente, no es más que la sustitución
    de un peligro exterior por otro también exterior. La
    circunstancia de que en la fobia pueda el Yo eludir la
    angustia, evitando una percepción o por medio de un
    síntoma inhibitorio, se armoniza muy bien con la teo-
    ría de que tal angustia nos es más que el signo de un
    afecto, sin que la situación económica haya variado en
    lo más mínimo.

    Así, pues, la angustia de las zoofobias es una reac-
    ción afectiva del Yo al peligro, y el peligro en ellas
    señalado es el de la castración. La única diferencia
    existente entre esta angustia y la angustia real que el
    Yo exterioriza normalmente en situaciones peligrosas,
    es la de que su contenido es inconsciente y sólo dis-
    frazado y deformado llega a la conciencia.

    Esta misma concepción resulta aplicable a las fobias
    de sujetos adultos, si bien es en ellas mucho más con-
    siderable el material que la neurosis elabora, agregán-
    dose, además, a la formación de síntomas, algunos
    otros factores. Pero en el fondo, no hay deferencia
    alguna. El enfermo de agorafobia impone a su Yo una
    limitación para huir de un peligro provocado por un
    instinto. Este peligro es la tentación de ceder a sus
    deseos eróticos, con lo cual correría, como en la in-
    fancia, el peligro de la castración u otro análogo.
    Como ejemplo, citaré el caso de un joven que enfermó
    de agorafobia porque temía ceder a las invitaciones de
    las prostitutas y contraer, en castigo, una infección
    luética.

    Sabemos muy bien, que muchos casos presentan una
    más complicada estructura y que en la fobia, pueden

  • S.

    57

    confluir muchos otros impulsos instintivos reprimidos,
    pero estos últimos no son sino auxiliares, y por lo ge-
    neral, han venido a enlazarse ulteriormente al nódulo
    de la neurosis. La sintomática de la agorafobia se
    hace más complicada por el hecho de que el Yo no se
    contenta con renunciar a algo, sino que agrega ele-
    mentos destinados a despojar a la situación, de su
    peligro. Esta agregación es habitualmente una regre-
    sión temporal a los años infantiles (en los casos extre-
    mos hasta la existencia fetal anterior al nacimiento,
    época en la que el sujeto se hallaba a cubierto de los
    peligros que hoy le amenazan) y toma la forma de una
    condición bajo la cual puede prescindirse de la renun-
    cia. Así, el enfermo de agorafobia, se arriesgará a sa-
    lir a la calle si va acompañado, como cuando era
    niño, por una persona de su confianza, o también
    solo, con tal de no alejarse de su casa sino una deter-
    minada distancia, o no ir a sitios que no le son fami-
    liares o en los que la gente no le conoce. En la elec-
    ción de estas condiciones, se muestra la influencia de
    factores infantiles, que dominan al sujeto por media-
    ción de su neurosis. Totalmente inequívoca, aun sin
    una tal regresión infantil, es la fobia a la soledad, que
    en el fondo, trata de evitar la tentación del vicio soli-
    tario. La condición de la regresión infantil es, natural-
    mente, que la infancia sea ya pretérita para el sujeto.
    La fobia se constituye, por lo general, después de
    haber experimentado el sujeto en determinadas cir-
    cunstancias–en la calle, en el tren, hallándose solo,
    etc.,–un primer ataque de angustia. Esta queda des-
    pués vencida, pero surge de nuevo siempre que falta
    la condición protectora. El mecanismo de la fobia
    presta, como medio de defensa, excelentes servicios y
    muestra una gran tendencia a la estabilidad. Con fre-
     

  • S.

    58

    cuencia, pero no necesariamente, surge una continua-
    ción de la lucha defensiva, dirigida, entonces, contra
    el síntoma.

    Todo lo que hemos logrado descubrir sobre la an-
    gustia en las fobias, es también aplicable a la neuro-
    sis obsesiva. No es difícil reducir la situación dada en
    esta neurosis, a la de la fobia. El motor de toda la ul-
    terior formación de síntomas es aquí, evidentemente,
    el miedo del Yo a su super-Yo. La situación peligrosa
    a la que el Yo tiene que sustraerse, es la hostilidad
    del super-Yo. Falta aquí toda apariencia de proyec-
    ción; el peligro es totalmente interno. Pero si nos pre-
    guntamos qué es lo que el Yo teme por parte del su-
    per-Yo, habremos de reconocer que el castigo con que
    amenaza el super-Yo es una continuación del consis-
    tente en la castración. Así como el super-Yo es el pa-
    dre despersonalizado, el miedo a la castración se ha
    convertido en un miedo social indeterminado o de la
    conciencia ética. Mas esta angustia permanece encu-
    bierta, pues el Yo la elude, ejecutando obedientemente
    los preceptos, prevenciones y actos expiatorios que le
    son impuestos. Cuando algo le impide llevarlos a cabo,
    surge en el acto, un malestar extraordinariamente pe-
    noso, que los enfermos equiparan a la angustia y en el
    que hemos de ver un equivalente de la misma. Pode-
    mos, pues, concretar nuestros resultados en la forma si-
    guiente: La angustia es la reacción a la situación peli-
    grosa. El Yo la elude ejecutando algo encaminado a
    evitar la situación o a escapar a ella. Podríamos decir,
    que los síntomas son creados para evitar el desarrollo
    de angustia, pero con ello no pasamos de la superfi-
    cie, siendo más exacto decir, que son creados para evi-
    tar la situación peligrosa señalada por el desarrollo
    de angustia. Ahora bien, tal peligro era en los casos

  • S.

    59

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    hasta ahora examinados, la castración o algo deriva-
    do de ella.

    Si la angustia es la reacción del Yo al peligro, no
    será muy arriesgado considerar la neurosis traumáti-
    ca, subsiguiente tantas veces a un peligro de muerte,
    como una consecuencia directa del miedo a perder la
    vida, independientemente, en este caso, del Yo y de
    la castración. Esta teoría ha sido sostenida por la ma-
    yor parte de los observadores de las neurosis traumá-
    ticas de la gran guerra, muchos de los cuales se han
    apresurado a presentarla triunfalmente, como prueba
    de que un grave peligro corrido por el instinto de con-
    servación, podía engendrar una neurosis, sin participa-
    ción alguna de la sexualidad ni de ninguna de las
    complicadas hipótesis de la psicoanálisis. Es muy de
    lamentar, que no dispongamos de un solo análisis uti-
    lizable de una neurosis traumática. No, ciertamente,
    para rebatir la negación de la significación etiológica
    de la sexualidad, pues esta cuestión ha quedado re-
    suelta hace ya mucho tiempo con la introducción del
    narcisismo, que equipara la carga libidinosa del Yo a
    las cargas de objeto y acentúa la naturaleza libidinosa
    del instinto de conservación, sino porque la carencia
    de tales análisis nos priva de una preciosa ocasión de
    hallar datos decisivos sobre la relación entre la an-
    gustia y la formación de síntomas. Por todo lo que sa-
    bemos de la estructura de las neurosis más simples de
    la vida cotidiana, nos parece muy improbable que una
    neurosis pueda surgir por el mero hecho objetivo del
    peligro, sin participación alguna de las capas incons-
    cientes más profundas del aparato anímico. Pero en
    lo inconsciente, no existe nada que pueda dar un con-
    tenido a nuestro concepto de la destrucción de la vida.
    La castración se hace, por decirlo así, representable,

  • S.

    60

    por la experiencia cotidia-
    na de la eliminación del con-
    tenido intestinal y por la pérdida del pecho materno
    su-
    frida en el destete. Pero jamás se ha experimentado
    nada semejante a la muerte o por lo menos, como su-
    cede con la pérdida del conocimiento, nada que haya
    dejado huella perceptible. Mantenemos, pues, nuestra
    hipótesis de que el miedo a morir ha de con-
    cebirse
    como análogo al miedo a la castración y que la situa-
    ción a la que el Yo reaccio-
    na, o sea la de ser abando-
    nado por el super-Yo protec-
    tor—por los poderes del
    destino—es aquella con la que termina la seguridad
    contra todos los peligros. Además, ha de tenerse en
    cuenta, que en los sucesos que conducen a la neuro-
    sis traumática, queda roto el dispositivo protec-
    tor
    contra los estímulos exteriores y llegan al aparato
    anímico magnitudes extraordi-
    narias de excitación, sur-
    giendo así una segunda posibili-
    dad: la de que la an-
    gustia no sea sim-
    plemente señalada como un afecto,
    sino creada sobre la base de las condiciones econó-
    micas de la situación.

    Con la última observación de que el Yo ha sido
    preparado a la castración por pérdidas de objeto re-
    gularmente re-
    petidas, iniciamos una nueva concep-
    ción
    de la angustia. Si hasta ahora la veníamos conside-
    rando como una señal afectiva del peligro, se nos
    muestra en este punto, dada la frecuencia con que se
    trata del peligro de la castra-
    ción, como una reacción
    a una pérdida o a una avulsión. No faltan circunstan-
    cias que parecen contradecir esta hipótesis, pero en
    cambio, nos afirma en ella una singular coinci-
    dencia.
    La primera experiencia angustiosa, por lo menos de
    los hombres, es el nacimiento, el cual supone objeti-
    vamente la separación de la madre y puede ser com-
    parado (ateniéndonos a la igualdad: niño=pene) a la

  • S.

    61

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    castración de la madre. Sería muy satisfactorio poder
    concluir que la angustia se repetía, como símbolo de
    una separación, en toda separación ulterior, pero a
    esta valoración de la coincidencia indicada se opone
    desgraciadamente el hecho de que el nacimiento no es
    sentido subjetivamente como una separación de la ma-
    dre, puesto que ésta es desconocida, como objeto,
    por el feto, totalmente narcisista. Otro reparo sería el
    de que las reacciones afectivas a una separación nos
    son conocidas y las experimentamos como dolor o
    tristeza, pero no como angustia. De todos modos, re-
    cordamos que en nuestro estudio de la tristeza no lle-
    gamos a explicarnos por qué era tan dolorosa.

    VIII

    Detengámonos ahora a reflexionar. Lo que busca-
    mos es un conocimiento que nos revele la esencia de
    la angustia, permitiéndonos separar la verdad del
    error. Pero hasta aquí no hemos alcanzado sino resul-
    tados contradictorios entre los cuales nos es imposi-
    ble elegir imparcialmente. Por lo tanto, creemos con-
    veniente cambiar de procedimiento y reunir ahora
    todo lo que nos es posible decir sobre la angustia,
    renunciando a la esperanza de una próxima síntesis.

    La angustia es, pues, en primer lugar, algo que sen-
    timos. La calificamos de estado afectivo aunque no
    sabemos bien lo que es un afecto. Como sensación,
    presenta un franco carácter displaciente, pero no es
    ésta la única de sus cualidades, pues no todo displa-
    cer puede ser calificado de angustia. Existen, en efec--