S.
76
IX
Sólo nos quedan por examinar las relaciones entre
la formación de síntomas y el desarrollo de an-
gustia.Dos son las opiniones más extendidas sobre esta
cuestión. Una de ellas ve en la angustia misma, un
síntoma de la neurosis; la otra cree en la existencia de
una relación más íntima entre ambas. Según ella,
toda formación de síntomas es emprendida con el
solo y único fin de eludir la angustia. Los síntomas
ligan la energía psíquica, que de otro modo, sería des-
cargada en forma de angustia, resultando así la an-
gustia el fenómeno fundamental y el principal proble-
ma de la neurosis.La exactitud, por lo menos parcial, de esta segunda
hipótesis, queda demostrada por ejemplos muy con-
vincentes. Un enfermo de agorafobia, al que acompa-
ñamos por la calle, será presa de un ataque de angus-
tia si lo abandonamos. Igualmente sucederá al enfer-
mo de neurosis obsesiva al que, por ejemplo, se le
impida lavarse las manos después de un contacto. Es,
pues, indudable, que la condición de ir acompañado y
la ablución obsesiva pretendían y conseguían evitar
tales explosiones de angustia. En este sentido pue-
den calificarse de síntomas todas las inhibiciones que
el Yo se impone.Mas habiendo referido nosotros el desarrollo de an-
gustia a la situación peligrosa, preferiremos decir que
los síntomas son creados para librar al Yo de tal si-
tuación. Si la formación de síntomas es impedida, sur-
S.
77
INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA
ge realmente el peligro, esto es, se constituye aquella
situación análoga al nacimiento, en la cual se encuen-
tra inerme el Yo contra las exigencias instintivas cons-
tantemente crecientes, o sea la primera y más primiti-
va de las condiciones de la angustia. Desde este pun-
to de vista, las relaciones entre la angustia y el sínto-
ma se demuestran menos estrechas de lo que supo-
níamos, consecuencia natural de haber interpolado
entre tales dos factores, el de la situación peligrosa.
Podemos decir también, como complemento, que el
desarrollo de angustia inicia la formación de síntomas
y constituye incluso una premisa necesaria de tal for-
mación, pues si el Yo no despertara por medio del
desarrollo de angustia, a la instancia placer-displacer,
no alcanzaría el poder de detener el proceso amena-
zador iniciado en el Ello. Se revela aquí, innegable-
mente, la tendencia a limitar a un mínimum el desarro-
llo de angustia, no utilizando ésta sino como señal,
pues de no hacerlo así, se experimentará en otro lu- gar distinto, el displacer que con el proceso instintivo
amenaza, lo cual no constituye un éxito de los propó-
sitos del principio del placer y es, sin embargo, muy
frecuente en las neurosis.Así, pues, la formación de síntomas logra realmen-
te el resultado de suprimir la situación peligrosa. Tal
formación tiene dos aspectos: uno oculto a nuestra
percepción, que establece en el Ello aquellas modifi-
caciones mediante las cuales es sustraído el Yo al pe-
ligro, y otro visible, que nos muestra lo que ha crea-
do en lugar del proceso instintivo influído, o sea la
formación de sustitutivos.Ahora bien; es desde luego más correcto atribuir al
proceso defensivo lo que acabamos de decir de la for-
mación de síntomas, y no usar esta última expresiónS.
78
sino como sinónima de la de formación de sustituti
vos. Vemos entonces claramente, que el proceso de
fensivo es análogo a la fuga por medio de la cual se
sustrae el Yo a un peligro que le amenaza desde el
exterior, representando, por lo tanto, un intento de
fuga ante un peligro instintivo. Las objeciones que al
pronto suscita esta comparación nos ayudarán a lo
grar un más completo esclarecimiento. En primer lu-
gar, puede objetarse que la pérdida del objeto (la pér-
dida del amor del objeto) y la amenaza de castración
son también peligros que nos acechan desde el exte-
rior, como pudiera serlo un fiero animal dispuesto a
atacarnos, y no, por lo tanto, peligros instintivos.
Pero no es el mismo caso. El lobo nos atacaría, pro-
bablemente, cualquiera que fuese nuestra conducta
para con él. En cambio, la persona amada no nos re-
tiraría su amor, ni seríamos amenazados con la cas-
tración, si no alimentásemos en nuestro interior, cier-
tos sentimientos e intenciones. Estos impulsos instin-
tivos llegan a ser, así, condiciones del peligro, y con
ello, peligrosas por sí mismas, haciéndosenos así po-
sible combatir el peligro exterior con medidas contra
peligros interiores. En las zoofobias, parece ser sen-
tido aún el peligro como totalmente exterior, correla-
tivamente al desplazamiento hacia el exterior que ex-
perimenta en el síntoma. En la neurosis obsesiva es
internado más; la parte del miedo al super-Yo, que es
miedo social, representa aún el sustitutivo interior de
un peligro exterior, y la otra parte, el miedo de la con-
ciencia moral, es totalmente endopsíquica.Una segunda objeción alega que en la tentativa de
fuga ante un peligro exterior que nos amenaza, no
hacemos sino aumentar la distancia espacial que de él
nos separa. No combatimos el peligro ni intentamosS.
79
modificar nada en él, como hacemos en el otro caso,
apaleando al lobo o disparando sobre él. En cambio,
el proceso defensivo parece llevar a cabo algo más de
lo que corresponde a un intento de fuga. Interviene en
el curso del instinto, lo somete en algún modo, lo des-
vía de su fin y consigue así hacerlo inofensivo. Esta
objeción parece indiscutible y merece atención. A nues-
tro juicio, lo que sucede es que al lado de procesos
defensivos justificadamente comparables a un intento
de fuga, existen otros en los que el Yo se defiende más
activamente, llevando a cabo actos de oposición más
enérgicos. Todo ello aceptando, claro está, que la
comparación de la defensa con la fuga no queda inva-
lidada por la circunstancia de ser el Yo y el instinto
del Ello partes de una misma organización y no exis-
tencias separadas como el lobo y el niño, de manera
que la conducta del Yo tiene que repercutir necesaria-
mente en el proceso instintivo.El estudio de las condiciones de la angustia nos ha
proporcionado, por decirlo así, un esclarecimiento ra-
cional de la conducta del Yo en la defensa. Cada una
de las situaciones peligrosas corresponde a una cierta
época de la vida o a una fase del desarrollo del apa-
rato anímico, correspondencia que parece, además,
justificada. Durante la primera infancia no se halla el
sujeto realmente en situación de dominar psíquicamen-
te grandes magnitudes de excitación que le llegan del
interior o del exterior. En un cierto período de la vida,
es verdaderamente de supremo interés para el sujeto
el que las personas de las cuales depende no le retiren
sus tiernos cuidados. Cuando el niño ve ya en el po-
deroso padre un rival cerca de la madre y surgen en
él tendencias agresivas contra el mismo e intenciones
sexuales con respecto a la madre, tiene razones justi-
S.
80
ficadísimas para temer al padre, y el miedo al castigo,
intensificado filogénicamente, llega a exteriorizarse
como miedo a la castración. Con la iniciación de las
relaciones sociales, el miedo al super-Yo, a la concien-
cia moral, e incluso la falta de este factor, llegan a ser
fuentes de graves conflictos y peligros, etc. Pero pre-
cisamente a estas circunstancias se enlaza un nuevo
problema.Intentemos sustituir la angustia por otro afecto, por
ejemplo, el dolor. Consideramos completamente nor-
mal que una niña de cuatro años llore desconsolada-
mente porque se le ha roto una muñeca; una de seis
años, porque la maestra la ha regañado; una mucha-
cha de diez y seis, porque el novio no se ocupa de
ella, y una mujer de veinticinco, porque se le ha muer-
to un hijo. Cada una de estas condiciones del dolor
tiene un tiempo y desaparece con él; las últimas, defi-
nitivas, perduran a través de toda la vida. En cambio,
extrañaremos que una mujer adulta llore la pérdida o
deterioro de una chuchería. Ahora bien, tal es la con-
ducta que siguen los neuróticos. En su aparato aními-
co, se han desarrollado ya ampliamente, dentro de
ciertos límites, todas las instancias destinadas a do-
minar los estímulos, tienen capacidad suficiente para
satisfacer por sí mismos la mayoría de sus necesida-
des y saben que la castración no es ya empleada como
castigo, pero no obstante, se conducen como si sub-
sistieran aún las antiguas situaciones peligrosas, man-
teniendo así todas las anteriores condiciones de la an-
gustia.La explicación de este fenómeno requiere cierto de-
tenimiento y ha de atenerse, ante todo, a los hechos
reales. En muchos casos, son realmente abandonadas
las antiguas condiciones de la angustia, una vez queS.
81
INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA
han creado reacciones neuróticas. Las fobias de los
niños pequeños a la soledad, la obscuridad y las per-
sonas extrañas, fobias que han de considerarse casi
normales, desaparecen por lo general con el transcur-
so del tiempo. Las zoofobias, tan frecuentes, siguen
la misma suerte, e igualmente muchas histerias de
conversión de los años infantiles. Durante el período
de latencia es frecuentísima la aparición de ceremo-
niales, pero sólo un pequeño tanto por ciento de estos
casos llega a desarrollarse hasta plenas neurosis ob-
sesivas. Las neurosis infantiles son en general–den-
tro de los límites de nuestras experiencias clínicas,
circunscritas a niños de la raza blanca sometidos a
las altas exigencias culturales de la vida ciudadana–
episodios regulares del desarrollo, aunque hasta aho-
ra no se les haya concedido la atención que merecen.
En los neuróticos adultos, hallamos siempre los sig-
nos de una neurosis infantil. En cambio, no todos los
niños que muestran tales signos llegan después a ser
neuróticos. Quiere esto decir, que en el curso de la
maduración, tienen que haber desaparecido ciertas
condiciones de la angustia y perdido su significación
ciertas situaciones peligrosas. A esto, se agrega que
algunas de estas situaciones peligrosas logran salvar-
se y pasar a épocas posteriores, modificando correla-
tivamente su condición de la angustia. Así, el miedo a
la castración se conserva bajo el disfraz de miedo a la
sífilis, una vez enterado el sujeto de que la castración
no es empleada ya como castigo de los placeres, exis-
tiendo, en cambio, la posibilidad de contraer graves
dolencias. Otras condiciones de la angustia no se ha-
llan destinadas a desaparecer, sino a acompañar al
hombre durante toda su vida. Así, el miedo al super-
Yo. El neurótico se diferencia entonces del normal, enS.
82
el hecho de intensificar exageradamente las reaccio-
nes a estos peligros. Por último, tampoco la edad
adulta ofrece una protección suficiente contra el retor-
no de la situación angustiosa primitiva traumática.
Parece como si para cada sujeto existiese un límite,
más allá del cual fallase su aparato anímico en el do-
minio de la descarga de magnitudes de excitación.
Estas pequeñas rectificaciones no están en modo
alguno, destinadas a discutir el hecho aquí examina-
do, o sea el de la existencia de un gran número de su-
jetos que conservan ante el peligro una conducta in-
fantil y no logran dominar condiciones de angustia
pertenecientes a épocas pasadas. Negar este hecho,
supondría negar la neurosis, pues a tales personas es
precisamente a las que damos el nombre de neuróti-
cos. ¿Mas, cómo es esto posible? ¿Por qué no son
todas las neurosis episodios del desarrollo, que ter-
minan al alcanzar el mismo su fase siguiente? ¿De
dónde procede el factor que hace durar estas reaccio-
nes al peligro? ¿Y de dónde la prerrogativa de que la
angustia parece gozar sobre los otros afectos, de ser
el único que provoca reacciones que se diferencian
anormalmente de las demás y se oponen, como in-
adecuadas, a la corriente vital? En definitiva: Nos ha-
llamos de nuevo, inesperadamente, ante el problema
tantas veces planteado, del origen de la neurosis y de
su último y especial motivo, problema que después de
muchos años de labor analítica, se alza aún intacto
ante nosotros.
You are here
Inhibición, síntoma y angustia1926-001/1927.es
1926-001/1927.es/9