• S.

    91

    XI

    Apéndice

    En el curso del presente estudio, hemos tocado di-
    versos temas que hubimos de abandonar prematura-
    mente. Reuniéndolos ahora en este apéndice, nos pro-
    ponemos consagrarles toda la atención que merecen.

    A

    Modificaciones de opiniones anterior-
    mente expuestas.

    a) Resistencia y contracarga.

    Una importante afirmación de la teoría de la repre-
    sión es la de que esta última no es un proceso que
    tenga efecto de una vez, sino que exige un esfuerzo
    duradero. Si este esfuerzo cesara, el instinto reprimi-
    do, al que sus fuentes envían constantes refuerzos,
    tomaría el camino del que en un principio fué aparta-
    do, y la represión perdería su eficacia o tendría que
    repetirse indefinidamente. Resulta, así, para el Yo, de
    la naturaleza continua del instinto, la necesidad de
    asegurar su defensa, por medio de un esfuerzo per-
    manente. Esta actividad, encaminada a proteger la re-
    presión, es la que advertimos, en calidad de resis-
    tencia, en nuestra labor terapéutica. La resistencia
    supone aquello que calificamos de contracarga.
    En la neurosis obsesiva, se hace tangible una tal con-

  • S.

    – 92 –

    tracarga, que aparece en ella como una modificación
    del Yo, como una formación de reacciones en el Yo,
    por intensificación de la actitud opuesta al instinto que
    ha de ser reprimido (compasión, escrupulosidad, pu-
    reza). Estas reacciones de la neurosis obsesiva no son
    sino exageraciones de rasgos de carácter normales
    desarrollados durante el período de latencia. En la
    histeria, es más difícil descubrir la contracarga, no
    obstante ser en ella, tan indispensable como en la
    neurosis, según todas las deducciones teóricas. Tam-
    bién en esta afección, tiene efecto una cierta modifica-
    ción del Yo, por formación de reacciones, modifica-
    ción tan evidente en ciertas circunstancias, que llega
    a imponerse a nuestra atención como síntoma princi-
    pal del estado patológico. Así, el conflicto que la am-
    bivalencia provoca en la histeria, se soluciona siendo
    contenido el odio contra una persona, por un exceso
    de ternura hacia ella y una continua preocupación por
    ella. Como diferencia con la neurosis obsesiva, he-
    mos de señalar, que tales reacciones no muestran la
    naturaleza general de rasgos de carácter, sino que se
    limitan a relaciones muy especiales. Por ejemplo: la
    histérica, que trata con excesiva ternura a sus hijos, a
    los que en el fondo, odia, no se hace por ello, más
    cariñosa en general, ni siquiera para con otros niños.
    La formación de reacciones de la histeria se mantiene
    tenazmente fija a un objeto determinado y no alcanza
    la categoría de una disposición general del Yo. En
    cambio, la neurosis obsesiva presenta como caracte-
    rísticas, la generalización, el relajamiento de las rela-
    ciones con el objeto y la facilidad de desplazamiento
    en la elección de objeto.

    A la histeria, parece ser más adecuada otra especie
    de contracarga. El impulso instintivo reprimido puede

  • S.

    93

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    ser activado (nuevamente cargado) por dos lados. En
    primer lugar, desde el interior, por una intensificación
    del instinto, emanada de sus fuentes de estímulo in-
    ternas, y en segundo, desde el exterior, por la percep-
    ción de un objeto deseado por el instinto.

    La contracarga histérica se orienta predominante-
    mente hacia el exterior, esto es, contra la percepción
    peligrosa, y toma la forma de una especial vigilancia,
    que evita, por medio de restricciones del Yo, situacio-
    nes en las que dicha percepción habría de surgir, y
    logra, cuando la misma emerge a pesar de todo, dis-
    traer de ella la atención. Esta función de la histeria ha
    sido bautizada recientemente, por autores franceses,
    con el nombre especial de «scotomisation». En las fo-
    bias, cuyo máximo interés está en alejar cada vez más
    la posibilidad de la percepción temida, se hace aún
    más visible que en la histeria, esta técnica de la con-
    tracarga. En la histeria y las fobias, parece orientarse
    la contracarga en una dirección casi opuesta a la que
    muestra en la neurosis obsesiva. No creemos, pues,
    muy arriesgado suponer, que entre la represión y la
    contracarga exterior, como entre la regresión y la con-
    tracarga interior (la modificación del Yo por formación
    de reacciones), existe una íntima conexión. La repulsa
    de la percepción peligrosa es, por lo demás, una labor
    general de las neurosis. A este mismo propósito obe-
    decen sin duda otros diversos mandamientos y prohi-
    biciones de la neurosis obsesiva.

    En ocasiones anteriores, hemos visto que la resis-
    tencia que hemos de vencer en el análisis, es opuesta
    por el Yo, el cual se mantiene fiel a sus contracargas.
    Para el Yo resulta, en efecto, difícil dedicar su aten-
    ción a percepciones y representaciones cuya evitación
    ha constituido para él un principio fundamental de

  • S.

    94

    conducta, o reconocer como suyos, impulsos total
    mente opuestos a los que le son familiares. Nuestra
    lucha contra la resistencia en el análisis, se funda en
    una tal concepción de la misma. Hacemos consciente
    la resistencia en los muchos puntos en los que a cau
    sa de su conexión con lo reprimido, es inconsciente,
    le oponemos argumentos lógicos, al hacerse conscien
    te o una vez llegada a serlo, y prometemos al Yo ven
    tajas y premios si renuncia a la resistencia. Así, pues,
    con respecto a la resistencia del Yo, no cabe duda ni
    rectificación alguna. En cambio, hemos de preguntar
    nos si cubre por sí sola todo el estado de cosas que
    el análisis halla ante sí. Comprobamos, en efecto, que
    aun después de haberse decidido el Yo a abandonar
    su resistencia, continúa tropezando con dificultades
    para deshacer sus represiones, y hemos dado a la
    fase siguiente a la adopción de tan laudable propósi
    to, el nombre de fase de «liberación». De aquí a reco
    nocer la intervención de un factor dinámico, que hace
    posible y comprensible tal «liberación», no hay más
    que un paso. Hemos de pensar, en efecto, que después
    del abandono de la resistencia por parte del Yo, que
    dan aún por vencer el poderío de la obsesión de repe
    tición y la atracción de los prototipos inconscientes
    sobre el proceso instintivo reprimido. Nada se opone
    a atribuir a este factor el nombre de resistencia
    de lo inconsciente. No experimentamos des
    agrado alguno al exponer estas rectificaciones, de jui
    cios nuestros anteriores, pues lo que nos interesa, so
    bre todo, es aproximarnos lo más posible a la verdad,
    y además, no contradecimos con ellas nuestras pri
    meras afirmaciones, sino que las enriquecemos, bien
    restringiendo una generalización excesiva, bien am
    pliando una interpretación demasiado estrecha.

  • S.

    95

    Inhibicion, Sintoma y Angustia

    Sin embargo, no ha de creerse que con tales recti-
    ficaciones alcanzamos una visión total de las resisten-
    cias con que tropezamos en el análisis. Profundizan-
    do más, hallamos, en efecto, que se nos oponen cinco
    clases de resistencias, procedentes de tres distintos-
    orígenes, esto es, del Yo, del Ello y del super-Yo, re-
    velándose el Yo como fuente de tres de tales formas,
    distintas en su dinamismo. La primera de estas tres
    resistencias del Yo, es la resistencia de la re
    presión, sobre la cual poco nuevo puede ya decir-
    se. De ella se distingue la resistencia de la
    transferencia, de la misma naturaleza, pero-
    que hace en el análisis, apariciones distintas y más
    claras, pues ha conseguido constituir una relación con
    la situación analítica o con la persona del analítico y
    reanimar con ello una represión que sólo debía ya ser-
    recordada. También es una resistencia del Yo, pero-
    de naturaleza completamente distinta, la que parte de
    la «ventaja de la enfermedad» y se basa
    en la incorporación del síntoma al Yo. Esta resisten-
    cia corresponde a la rebelión contra la renuncia a una
    satisfacción o un alivio. La cuarta clase de resisten-
    cia–la del Ello–ha sido a la que hemos hecho res-
    ponsable de la necesidad de la labor de liberación.
    La quinta–la del super-Yo–últimamente descubierta,-
    es la más obscura, aunque no siempre la más débil, y
    parece provenir de la conciencia de la culpabilidad o
    necesidad de castigo. Esta resistencia desafía todo-
    esfuerzo y por lo tanto toda curación por medio del-
    análisis.

    b) Angustia por transformación de
    libido.

    La interpretación de la angustia, que en este trabajo
    sostenemos, se aparta algo de la que hasta ahora nos

  • S.

    – 96 –

    parecía exacta. Anteriormente, considerábamos la an-
    gustia como una reacción general del Yo bajo las con-
    diciones del displacer, intentábamos justificar econó-
    micamente su aparición en cada caso, y suponíamos,
    apoyándonos en la investigación de las neurosis ac-
    tuales, que la libido (la excitación sexual) rechazada
    por el Yo o no utilizada por él, encontraba una deri-
    vación directa en forma de angustia. No puede pasar
    ya inadvertido, que estas diversas determinantes no
    armonizan bien o por lo menos no resultan necesaria-
    mente unas de otras. Además, surge así la apariencia
    de una relación especialmente íntima entre la angustia
    y la libido, relación que tampoco armoniza con el ca-
    rácter general de la angustia como reacción de dis-
    placer.

    Las objeciones a esta interpretación surgieron con
    la tendencia a hacer del Yo la única sede de la angus-
    tia, siendo, por lo tanto, una de las consecuencias de
    la intentada estructuración del aparato anímico en “un
    Yo y un Ello”. Dicha primera interpretación se hallaba
    próxima a considerar el impulso instintivo reprimido
    como fuente de la angustia. Según nuestra nueva teo-
    ría, sería más bien el Yo dicha fuente. Trátase, pues,
    de decidir entre angustia del Yo o angustia del instin-
    to del (Ello). Como el Yo opera con energía dese-
    xualizada, la innovación debilita también la íntima co-
    nexión, antes afirmada, de la angustia con la libido.
    Esperamos haber conseguido ahora, por lo menos,
    plantear con claridad el dilema y delinear precisamen-
    te los contornos de la cuestión.

    La observación rankiana de que la angustia es,
    como al principio afirmábamos también nosotros, una
    consecuencia del proceso del nacimiento y una repeti-
    ción de la situación entonces vivida, me llevó a un

  • S.

    97

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    nuevo examen del problema de la angustia. Pero con
    la interpretación del nacimiento como trauma, del esta-
    do de angustia como reacción deriva-
    tiva al mismo, y
    de cada nuevo ataque de angustia como tentativa de
    «derivar por reacción» el trauma cada vez más com-
    pletamente, me fué imposible avanzar un solo paso.
    Se me planteó, así, la necesidad de retroceder desde
    la reacción de angustia a la situación peligrosa
    existente detrás de ella. Con la introducción de este
    nuevo factor, surgieron nuevos puntos de vista. El na-
    cimiento se convirtió en prototipo de todas las situa-
    ciones peligrosas ulteriores, emergentes bajo las nue-
    vas condiciones de una distinta forma de existencia y
    del desarrollo psíquico progresivo. En cambio, su pro-
    pia significación quedó restringida a esta relación pro-
    totípica con el peligro, y la angustia experimentada en
    él, llegó así a ser el prototipo de un estado afecti-
    vo,
    que había de compartir los destinos de los otros afec-
    tos. Tal angustia se reproduci-
    rá automáticamente en
    situaciones análogas a la de su origen, como reacción
    inade-
    cuada, después de haber sido adecuada en la pri-
    mera situación peligrosa. O bien el Yo adquirirá poder
    sobre este afecto y lo reproduci-
    rá, sirviéndose de él
    como aviso ante el peligro y como medio de provocar
    la intervención del mecanismo del placer-displacer. La
    significa-
    ción biológica del afecto de angustia queda
    ahora reconocida al reconocer la angustia como reac-
    ción general al peligro, y el papel del Yo, como sede de
    la angustia, queda confirmado al atribuir al Yo la fun-
    ción de producir el afecto de angustia según sus necesi-
    dades. De este modo, adscri-
    bimos a la angustia en
    la vida ulterior, dos distintas génesis, una involunta-
    ria,
    automática, justificada siempre económi-
    camente, al
    constituirse una situación peligrosa análoga al naci-
     

  • S.

    98

    PROF. S. FREUD

    miento, y otra, provocada por el Yo, cuando una tal
    situación amenaza, para conseguir eludirla. En este
    segundo caso, se somete el Yo a la angustia como a
    una vacuna, para escapar, por medio de una enferme-
    dad mitigada, a un intenso ataque de la misma. Obra
    como si se representase vivamente la situación peli-
    grosa y abrigase el firme propósito de limitar tal peno-
    sa experiencia, a un indicio, a una mera señal. Ya he-
    mos expuesto en detalle, cómo se desarrollan así,
    sucesivamente, las distintas situaciones peligrosas,
    permaneciendo, sin embargo, enlazadas, genéticamen-
    te unas con otras. Quizá atacando el problema de la
    relación entre la angustia neurótica y la angustia real
    consigamos penetrar aún más en la comprensión de la
    angustia.

    La transformación directa, anteriormente afirmada,
    de la libido en angustia, pierde ahora, para nosotros,
    gran parte de su importancia. Mas si no obstante, la
    tenemos en cuenta, habremos de distinguir varios ca-
    sos. No tiene cabida alguna en la angustia que el Yo
    provoca como señal, y por lo tanto, tampoco en las
    situaciones peligrosas que mueven al Yo a iniciar una
    represión. La carga libidinosa del impulso instintivo
    reprimido, recibe un empleo muy distinto de la trans-
    formación en angustia y la derivación como tal. Este
    fenómeno se hace visible en la histeria de conversión,
    con mayor claridad que en otra afección ninguna. En
    cambio, al continuar examinando la situación peligro-
    sa, tropezaremos con un caso de desarrollo de angus-
    tia, de interpretación muy diferente.

    c) Represión y defensa.

    Al tratar del problema de la angustia, hemos vuelto a
    adoptar un concepto – o expresándonos más modesta-
    mente, un término – del que hubimos de servirnos ex-

  • S.

    99

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    clusivamente hace treinta años, al principio de nues
    tros estudios, y que después abandonamos. Este tér
    mino es el de «proceso de defensa» 1). Al abandonar
    lo, lo substituímos por el de represión, pero sin deter
    minar la relación existente entre ambos. Creemos ha
    bernos ahora muy ventajoso adoptar de nuevo
    dicho nuestro antiguo concepto de la defensa, em
    pleándole como designación general de todas las téc
    nicas de que el Yo se sirve en sus conflictos, eventual
    mente conducentes a la neurosis, y reservando el nom
    bre de represión para uno solo de estos métodos de
    defensa, que la orientación de nuestras investigacio
    nes nos dió primero a conocer.
    Aunque se trata de una innovación meramente ter
    minológica, queremos justificarla, puesto que el tér
    mino innovado ha de ser expresión de un nuevo punto
    de vista o de una ampliación de nuestros conocimien
    tos. La nueva acogida del concepto de la defensa y la
    restricción del de la represión, corresponden única
    mente a un hecho que nos es conocido hace ya mu
    cho tiempo, pero que merced a nuevos descubrimien
    tos, ha adquirido considerable importancia. Nuestros
    primeros conocimientos de la represión y de la forma
    ción de síntomas surgieron del estudio de la histeria,
    en la que vimos que los contenidos de las percepcio
    nes de sucesos excitantes y los correspondientes a re
    presentaciones de productos mentales patógenos, eran
    olvidados y excluídos de la reproducción en la memo
    ria, llegando así a reconocer su exclusión de la con
    ciencia como uno de los caracteres principales de la
    represión histérica. Más tarde, estudiamos la neurosis


    1)Véase el estudio titulado «Las neuropsicosis de defensa»,
    incluído en el presente volumen.

  • S.

    100

    Prof. S. Freud

    obsesiva y hallamos que en esta afección, no son ol
    vidados los sucesos patógenos, los cuales permane
    cen conscientes, siendo, en cambio, «aislados» en una
    forma aún incógnita, con lo cual se logra un resulta-
    do casi idéntico al de la amnesia histérica. Sin em-
    bargo, muestran tales dos procesos diferencias bas-
    tantes para justificar nuestra opinión de que aquél,
    por medio del cual rechaza la neurosis obsesiva, una
    exigencia instintiva, no puede ser el mismo que se
    desarrolla en la histeria. Investigaciones ulteriores, nos
    han revelado, que en la neurosis obsesiva, tiene efecto,
    bajo la influencia de la rebeldía del Yo, una regresión
    de los impulsos instintivos a una fase más temprana
    de la libido, regresión que si bien no hace superflua
    la represión, actúa en un idéntico sentido. Hemos visto,
    además, que la contracarga, cuya existencia supone
    mos también en la histeria, desempeña en la neurosis
    obsesiva, y a los efectos de la protección del Yo, un
    importantísimo papel, como modificación reactiva del
    Yo, y hemos descubierto el proceso del «aislamiento»,
    el cual se crea una expresión sintomática directa, y
    cuya técnica nos es aún desconocida. Por último, se
    nos ha revelado el procedimiento de «borrar lo suce-
    dido», de marcado carácter mágico, cuya tendencia
    repelente es innegable, pero que carece de toda ana-
    logía con el proceso de la «represión». Estas expe-
    riencias son razón más que suficiente para acoger de
    nuevo nuestro antiguo concepto de la defensa, que
    puede abarcar todos estos procesos tendientes a un
    mismo fin–a la protección del Yo contra las exigen-
    cias de los instintos–, y subordinar a él la represión
    como un caso especial. Esta nueva nomenclatura
    gana en importancia al pensar en la posibilidad de que
    una continuación de nuestros estudios nos revele una
     

  • S.

    101

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    íntima conexión entre ciertas formas de la defensa y
    determinadas afecciones, por ejemplo, entre la repre-
    sión y la histeria. Esta posibilidad no agota nuestras
    esperanzas. Puede también suceder, en efecto, que el
    aparato anímico emplee, antes de la precisa disocia-
    ción del Yo y el Ello y de la formación de un super-
    Yo, métodos de defensa distintos de los que pone en
    práctica una vez alcanzadas estas fases de su organi-
    zación.

    B

    Complemento al tema de la angustia

    La angustia presenta algunos rasgos cuya investi-
    gación promete nuevos esclarecimientos. Tiene este
    afecto una innegable relación con la espera. Es
    angustia ante algo. Le es inherente un carácter de
    imprecisión y carencia de objeto. Los
    mismos usos del lenguaje lo reconocen así, al cambiar
    su nombre por el de miedo en cuanto el afecto se
    refiere ya a un objeto determinado. Además de su re-
    lación con el peligro, tiene la angustia una relación,
    en cuyo esclarecimiento laboramos hace tiempo, con
    la neurosis. Surge aquí la cuestión de por qué no to-
    das las reacciones de angustia son neuróticas, siendo
    muchas las que hemos de reconocer como normales.
    Por último, la distinción entre miedo real y miedo
    neurótico demanda un minucioso estudio.

    Partamos de este último tema. Nuestro progreso ha
    consistido en pasar desde la reacción de angustia a la
    situación peligrosa. Siguiendo este mismo camino en

  • S.

    102

    el problema del miedo real, se nos hace fácil una so-
    lución. Peligro real es un peligro conocido, y angustia
    real, la angustia ante un tal peligro conocido. La an-
    gustia neurótica es angustia ante un peligro que no
    conocemos. Así, pues, el peligro neurótico tiene pri-
    mero que ser descubierto. El análisis nos ha demos-
    trado que se trata de un peligro emanado de un instin-
    to. Atrayendo a la conciencia este peligro desconoci-
    do por el Yo, borramos la diferencia entre angustia
    real y angustia neurótica y podemos tratar ésta como
    aquélla.

    En el peligro real, desarrollamos dos reacciones,
    la afectiva, o sea la explosión de angustia, y la acción
    protectora. Probablemente, en el peligro instintivo, ha
    de suceder lo mismo. Conocemos el caso de acción
    conjunta adecuada de ambas reacciones, en el cual da
    una la señal para que la otra intervenga, y también el
    caso inadecuado, el de la angustia paralizadora, en el
    que una de dichas reacciones se intensifica a costa de
    la otra.

    Hay casos en los que se nos muestran mezclados
    los caracteres de la angustia real y los de la angustia
    neurótica. El peligro es conocido y real, pero la an-
    gustia ante él es excesivamente grande, mayor de lo
    que nuestro juicio nos dice que debiera ser. En este
    exceso, se delata el elemento neurótico. Pero tales ca-
    sos no revelan nada fundamentalmente nuevo, pues el
    análisis nos muestra que al peligro real conocido, se
    halla enlazado un peligro instintivo desconocido.

    Avanzaremos aún más no satisfaciéndonos con la
    referencia de la angustia al peligro. ¿Cuál es el nódulo
    o la significación de la situación peligrosa? Evidente-
    mente, la estimación de nuestra fortaleza en compara-
    ción con la magnitud del peligro y el reconocimiento

  • S.

    103

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    de nuestra impotencia, de nuestra impotencia material
    en el caso del peligro real y de nuestra impotencia
    psíquica en el caso del peligro instintivo. En esta esti-
    mación, es guiado nuestro juicio por experiencias real-
    mente vividas, y para el resultado, es indiferente que
    se equivoque o no en su apreciación. Tales situacio-
    nes de impotencia realmente experimentadas son las
    que calificamos de traumáticas, siendo, por lo
    tanto, justificada, la diferenciación por nosotros esta-
    blecida entre la situación traumática y la situación
    peligrosa.

    El hecho de que una tal situación traumática de im-
    potencia no nos sorprenda de improvisto sino que la
    prevengamos y esperemos, constituye un importante
    progreso en el cuidado de la propia conservación. Esta
    previsión nace en aquella situación a la que damos el
    nombre de situación peligrosa, en la cual es dada
    la señal de angustia. Quiere esto decir, que en tal si-
    tuación, esperamos que se produzca una situación de
    impotencia o recordamos sucesos traumáticos ante-
    riormente experimentados, y anticipando el trauma,
    nos proponemos conducirnos como si ya hubiera sur-
    gido, no obstante ser tiempo aún de eludirlo. Así,
    pues, la angustia es por un lado, una espera del trau-
    ma, y por otro, su reproducción mitigada. Los dos
    caracteres que en la angustia se nos han hecho paten-
    tes tienen, por lo tanto, distinto origen. Su relación
    con la espera pertenece a la situación peligrosa, y su
    imprecisión y su falta de objeto, a la situación trau-
    mática de impotencia, anticipada en la situación peli-
    grosa.

    Siguiendo el desarrollo de la serie: angustia–peli-
    gro–impotencia (trauma), podemos establecer la sín-
    tesis siguiente: La situación peligrosa es la situación

  • S.

    104

    de impotencia, reconocida, recordada y esperada. La
    angustia es la reacción primitiva a la impotencia en el
    trauma, reacción que es luego reproducida, como se-
    ñal de socorro, en la situación peligrosa. El Yo, que
    ha experimentado pasivamente el trauma, repite ahora
    activamente una reproducción mitigada del mismo,
    con la esperanza de poder dirigir su curso. No es otra
    la forma en que el niño se comporta con respeto a to-
    das sus impresiones penosas, las que reproduce en
    sus juegos, buscando, con este modo de pasar de la
    pasividad a la actividad, dominar psíquicamente sus
    impresiones. Si es este el sentido que ha de darse a la
    «derivación por reacción de un trauma», nada habre-
    mos ya de objetar a tal expresión. Pero, de todos mo-
    dos, lo decisivo es el primer desplazamiento de la
    reacción angustiosa, desde su origen en la situación
    de impotencia, a la de espera de una tal situación, o
    sea a la situación peligrosa. Luego siguen los demás
    desplazamientos desde el peligro a la condición del
    mismo, la pérdida del objeto, y sus modificaciones ya
    mencionadas.

    El «mimo» del niño pequeño tiene la indeseable con-
    secuencia de hacerle poner por encima de todos los
    demás peligros, el de la pérdida del objeto–del objeto
    como protección contra todas las situaciones de impo-
    tencia. Favorece, por lo tanto, la permanencia en la
    infancia, a la cual es propia la impotencia, tanto mo-
    tora como psíquica.

    No hemos tenido hasta ahora, ocasión de conside-
    rar la angustia real de un modo distinto a la angustia
    neurótica. Conocemos sus diferencias: La angustia
    real corresponde a un objeto exterior; la neurótica, a
    la exigencia de un instinto. En cuanto tal exigencia
    instintiva es algo real, puede también adscribirse a la

  • S.

    – 105 –

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    angustia neurótica un fundamento real. Hemos descu-
    bierto que la apariencia de una relación especialmente
    íntima entre la angustia y la neurosis depende de que
    el Yo se defiende igualmente, por medio de la reacción
    angustiosa, contra el peligro instintivo y contra el pe-
    ligro real exterior y que esta orientación de la actividad
    defensiva desemboca en la neurosis a consecuencia
    de una imperfección del aparato anímico. Por último,
    se nos ha impuesto la convicción de que la exigencia
    instintiva no se convierte, con frecuencia, en un peli-
    gro (interior), sino porque su satisfacción traería con-
    sigo un peligro exterior, o sea porque tal peligro inte-
    rior representa un peligro exterior.

    Por otro lado, también el peligro exterior (real) ha
    de haberse hecho interno, si ha de llegar a significar
    algo para el Yo. Tiene, en efecto, que ser reconocida
    su relación con una situación de impotencia ya experi-
    mentada 1), pues el hombre no parece hallarse dota-
    do, o sólo en muy escasa medida, de un conocimiento
    instintivo de los peligros que le amenazan desde el ex-
    terior. Los niños pequeños hacen constamente, cosas
    que ponen en peligro su vida, no pudiendo, por lo tan-
    to, prescindir del objeto protector. En la situación trau-
    mática, contra la cual somos impotentes, coinciden el
    peligro exterior y el interior, el peligro real y la exigen-
    cia.


    1)Puede suceder también, con cierta frecuencia, que en una
    situación peligrosa, justamente apreciada como tal, venga a agre-
    garse a la angustia real, una parte de angustia instintiva. La exi-
    gencia instintiva cuya satisfacción rechaza el Yo, sería entonces
    el instinto masoquista de destrucción, dirigido contra la propia
    persona. Este agregado de angustia instintiva explica quizá aque-
    llos casos en los que la reacción angustiosa resulta excesiva,
    inadecuada y paralizadora. Las fobias de las alturas (ventanas,
    torres, abismos) podían tener este origen. Su secreta significa-
    ción femenina se halla cercana al masoquismo.

  • S.

    106

    cia del instinto. El Yo experimenta en el primer caso,
    un dolor que se resiste a cesar, y en el segundo, un
    estancamiento de la necesidad, que no puede hallar
    satisfacción, pero la situación económica es en ambos,
    la misma, y la impotencia motora halla su expresión
    en la impotencia psíquica.

    Las enigmáticas fobias de la temprana infancia
    merecen ser de nuevo mencionadas en este lugar. Al
    gunas de ellas—las fobias a la soledad, a la obscuri-
    dad y a las personas extrañas—se nos hicieron com-
    prensibles como reacciones al peligro de la pérdida del
    objeto. Otras—las fobias a los animales pequeños, a
    las tormentas, etc.—se nos muestran, más bien, como
    restos atrofiados de una preparación congénita a los
    peligros reales, tan claramente desarrollados en otros
    animales. Con respecto al hombre, sólo es adecuada
    la parte de esta herencia arcaica que se refiere a la
    pérdida del objeto. Cuando tales fobias infantiles se
    fijan y hacen más intensas, subsistiendo hasta años
    ulteriores, muestra el análisis, que su contenido se ha
    unido a exigencias instintivas, constituyéndose tam-
    bién en representación de peligros interiores.

    C.

    Angustia, dolor y tristeza

    Nuestro conocimiento de los procesos afectivos es
    tan escaso, que las tímidas observaciones a continua-
    ción expuestas no deberán ser sometidas a un juicio
    muy severo. El problema surge, para nosotros, en el
    punto siguiente. Hubimos de decir, que la angustia es

  • S.

    107

    una reacción al peligro de la pérdida del objeto. Pero
    conocemos también otra reacción de este género a di-
    cha pérdida, la tristeza. ¿Cuándo, pues, surge angus-
    tia y cuándo tristeza? Al ocuparnos en otra ocasión 1)
    de la tristeza, no logramos llegar a la inteligencia de
    su carácter especialmente doloroso, no obstante ex-
    plicarnos perfectamente que la separación del objeto
    resulte dolorosa. Así, pues, el problema antes plan-
    teado, se complica en los términos siguientes: ¿Cuán-
    do la separación del objeto produce angustia, cuándo
    tristeza y cuándo, quizá, sólo dolor?

    Digámoslo cuanto antes. No es posible aún dar
    respuesta alguna a estas interrogaciones. Nos conten-
    taremos, pues, con precisar algunos contornos del
    problema y hallar alguna nueva orientación.

    Elegiremos, otra vez, como punto de partida, la si-
    tuación, a cuya inteligencia creemos haber llegado,
    del niño de pecho que encuentra a una persona extra-
    ña en el lugar de su madre. El niño muestra, enton-
    ces, angustia, la cual hemos interpretado como una
    reacción al peligro de la pérdida del objeto. Pero se
    trata, quizá, de algo más complicado y que merece una
    más penetrante discusión. Que el niño de pecho expe-
    rimenta angustia, es un hecho indudable, pero, ade-
    más, la expresión de su rostro en tales momentos, y
    su llanto, hacen suponer que también experimenta do-
    lor. Parece como si fluyeran conjuntamente en él, ele-
    mentos que más tarde habrán de separarse. No puede
    diferenciar aún la ausencia temporal, de la pérdida de-
    finitiva. Cuando no ve junto a sí la figura materna, se
    conduce como si ya no hubiera de volver a verla, y
    precisa de repetidas experiencias consoladoras, para

    1)Véase el estudio titulado «La tristeza y la melancolía».

  • S.

    108

    llegar a aprender que tales desapariciones de la madre
    son seguidas de su nueva aparición. La madre le ayu-
    da a madurar este conocimiento, tan importante para
    él, jugando a taparse ante él el rostro y destapárselo
    luego, para su gran regocijo. En estas ocasiones ex-
    perimenta el niño un «anhelo» (Sehnsucht) de lamadre,
    no acompañado de desesperación.

    La situación en la cual el niño de pecho echa de
    menos a su madre, no es para él, a causa de su error
    de interpretación, una situación peligrosa, sino una
    situación traumática, o más exactamente, una situa-
    ción que se hace traumática si el niño experimenta en
    tal momento una necesidad que la madre habría de
    satisfacer. Así, pues, la primera condición de la an-
    gustia, introducida por el mismo Yo, es la pérdida de
    la percepción, la cual es equiparada a la pérdida del
    objeto. La pérdida del cariño no entra todavía en
    cuenta. Más tarde, la experiencia enseña al niño que
    el objeto puede permanecer existente, pero hallarse
    enfadado con él, siendo entonces cuando la pérdida
    del cariño del objeto pasa a constituirse en una condi-
    ción, ya permanente, de peligro y angustia.

    La situación traumática de la ausencia de la madre
    difiere en un punto decisivo, de la situación traumática
    del nacimiento. En esta última, no existía objeto nin-
    guno que pudiera ser echado de menos. La angustia
    era la única reacción emergente. Repetidas situacio-
    nes de satisfacción crean luego el objeto materno, que
    al emerger la necesidad, recibe una intensa carga, a
    la cual hemos de calificar de carga de «anhelo». El
    niño «anhela», la presencia de la madre, que ha de
    satisfacer sus necesidades. De esta nueva carga es
    de la que depende la reacción del dolor. El dolor
    es, pues, la verdadera reacción a la pérdida del ob-
    jeto.

  • S.

    109

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    jeto, y la angustia, la verdadera reacción al peligro
    que tal pérdida trae consigo y, dado un mayor des-
    plazamiento, al peligro mismo de la pérdida del
    objeto.

    Tampoco del dolor sabemos mucho. El único dato
    seguro nos es dado por el hecho de que el dolor surge
    –primera y regularmente–cuando un estímulo que
    ataca la periferia traspasa los dispositivos de la pro-
    tección contra los estímulos y pasa a actuar como un
    estímulo instintivo continuo contra el cual son impo-
    tentes los actos musculares que sustraen al estímulo
    el lugar sobre el que el mismo recae, actos eficaces en
    toda otra ocasión. El que el dolor no parta de un pun-
    to de la epidermis, sino de un órgano interno, no cam-
    bia en nada la situación, pues se trata únicamente de
    la sustitución de un punto de la periferia exterior por
    otro de la interior. El niño tiene, desde luego, ocasión
    de hacer tales experiencias dolorosas, que son inde-
    pendientes de sus experiencias de necesidad. Pero
    esta condición de la génesis del dolor parece tener
    muy poca analogía con una pérdida del objeto. Ade-
    más, el estímulo periférico, factor esencial del dolor,
    falta por completo en la situación de anhelo del niño.
    Y sin embargo, el hecho de que el lenguaje haya crea-
    do el concepto del dolor interior, del dolor anímico, y
    equiparado al dolor físico, las sensaciones de la pér-
    dida del objeto, tiene que tener su justificación.

    En el dolor físico, nace una elevada carga, narcisis-
    ta, del lugar doloroso del cuerpo, carga que aumenta
    cada vez más y «vacía», por decirlo así, al Yo. Sabi-
    do es que cuando padecemos intensos dolores en los
    órganos internos, surgen en nosotros, representaciones
    de tales partes del cuerpo, inexistentes en nuestro re-
    presentar consciente. También el hecho singular de

  • S.

    110

    PROF. S. FREUD

    que los dolores físicos no alcanzan jamás su máxima
    intensidad cuando nuestra atención psíquica se halla
    acaparada por otros intereses (sin que pueda decirse
    que tales dolores permanecen inconscientes), halla su
    explicación en el hecho de la concentración de la car-
    ga en la representación psíquica del lugar doloroso.
    En este punto, parece insertarse la analogía que ha
    permitido la transferencia de la sensación dolorosa al
    terreno anímico. La intensa carga de anhelo del objeto
    echado de menos (perdido), carga que no pudiendo ser
    satisfecha, crece de continuo, crea las mismas condi-
    ciones económicas que la carga de dolor del lugar del
    cuerpo herido y hace preciso prescindir de la condicio-
    nalidad periférica del dolor físico. La transición desde
    el dolor físico al dolor psíquico corresponde al paso
    desde la carga narcisista a la del objeto. La represen-
    tación del objeto elevada-mente cargada por la necesi-
    dad, desempeña el papel del lugar del cuerpo intensa-
    mente cargado por el incremento del estímulo. La con-
    tinuidad del proceso de carga y la imposibilidad de
    detenerlo, dan origen al mismo estado de impotencia
    psíquica. Si la sensación displaciente que entonces
    surge, presenta el carácter específico del dolor, en lu-
    gar de exteriorizarse en la forma reactiva de la angus-
    tia, no será muy arriesgado atribuirlo a un factor, que
    antes no estimamos suficientemente, esto es, a la extra-
    ordinaria intensidad de la carga y de la unión al obje-
    to en estos procesos que conducen a la sensación dis-
    placiente.

    Conocemos aún otra reacción afectiva a la pérdida
    del objeto: la tristeza. Pero su explicación no nos opo-
    ne ya dificultad ninguna. La tristeza surge bajo la in-
    fluencia del examen de la realidad, que impone la sepa-
    ración del objeto, puesto que el mismo no existe ya.

  • S.

    – 111 –

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    Se plantea así a este afecto, la tarea de llevar a cabo
    tal separación en todas aquellas situaciones en las
    que el objeto lo era de una elevada carga. El carácter
    doloroso de esta separación se adapta a la explica-
    ción que acabamos de dar, por la elevada carga de
    anhelo, imposible de satisfacer, del objeto, durante la
    reproducción de las situaciones en las cuales ha de
    efectuarse la separación de él.