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    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    X

    La angustia es la reacción al peligro. No es posible
    rechazar la idea de que si la angustia puede conquis-
    tar en la economía anímica, un lugar de excepción, es
    porque se halla íntimamente enlazada a la esencia del
    peligro. Pero los peligros son comunes a todos los
    humanos y los mismos para todos. Aquello que nece-
    sitamos y no hallamos es un factor que nos explique
    por qué existen individuos que pueden subordinar la
    angustia, no obstante su singularidad, a la actividad
    anímica normal, o determine cuáles son los que han
    de fracasar en tal empresa. Toda tentativa de descu-
    brir un tal factor ha de ser acogida con simpatía por
    responder a una verdadera necesidad científica. Hasta
    nosotros, se han hecho dos tentativas de este género.
    La primera fué emprendida, hace ya más de diez años,
    por Alfred Adler, el cual afirma, en síntesis, que los
    que fracasan en la labor planteada por el peligro, son
    aquellos individuos a los cuales la inferioridad de sus
    órganos crea dificultades excesivas. Si en este punto,
    se demostrara cierto el principio de «simplex sigillum
    veri», habríamos de acoger con entusiasmo una tal
    solución. Mas, por el contrario, la crítica de los últi-
    mos diez años ha demostrado la insuficiencia de esta
    explicación, que por otro lado, rebasa los múltiples he-
    chos descubiertos por la psicoanálisis.

    La segunda tentativa ha sido realizada por Otto
    Rank en su obra «El trauma del nacimiento». Sería
    injusto equipararla a la de Adler, pues permanece den-
    tro del terreno de la psicoanálisis, cuyas ideas directi-

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    vas continúa, y debe ser considerada como un esfuer
    zo legítimo para resolver los problemas analíticos. En
    la relación dada entre el individuo y el peligro, pres
    cinde Rank de la debilidad orgánica del individuo y se
    orienta hacia la variable intensidad del peligro. El
    proceso del nacimiento es la primera situación peli
    grosa, y la agitación económica por él producida se
    constituye en prototipo de la reacción angustiosa. En
    páginas anteriores, hemos perseguido la línea de des
    arrollo que une esta primera situación peligrosa y pri
    mera condición de la angustia con todas las ulteriores
    y hemos visto que todas ellas conservan algo común,
    por significar todas, en cierto sentido, una separación
    de la madre, al principio, sólo en sentido biológico,
    luego, en el de una pérdida directa del objeto y más
    tarde, en el de una pérdida, indirectamente provocada,
    del mismo. El descubrimiento de esta amplia cone
    xión es un indiscutible merecimiento de Rank.

    Ahora bien; el trauma del nacimiento afecta a cada
    individuo con intensidad distinta, variando, con la in
    tensidad del trauma, la violencia de la reacción de an
    gustia, y según Rank, depende de esta magnitud ini
    cial del desarrollo de angustia el que el individuo lle
    gue o no a dominarlo por completo algún día, o sea el
    que llegue a ser normal o neurótico.

    No nos incumbe realizar una crítica detallada de las
    hipótesis de Rank, sino tan sólo examinar si pueden
    contribuir a la solución de nuestro problema. La fór
    mula rankiana de que los neuróticos son aquellos in
    dividuos, que a causa de la intensidad del trauma ex
    perimentado en su nacimiento, no consiguen jamás
    derivar por reacción dicho trauma en su totalidad, es
    muy discutible teóricamente. No se sabe tampoco fija
    mente a lo que se alude con la expresión de «derivar

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    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    el trauma por reacción». Tomándola en su sentido li-
    teral, llegamos a la conclusión inadmisible de que el
    neurótico se acerca tanto más a la curación, cuanto
    más frecuente e intensamente reproduce el afecto an-
    gustioso. A causa de esta misma contradicción con la
    realidad, abandonamos nosotros en su tiempo, la teo-
    ría de la derivación por reacción, que tan importante
    papel desempeñaba en la catarsis. Situando en primer
    término, la intensidad variable del trauma del naci-
    miento no se deja lugar alguno en la etiología, al in-
    flujo, indudable, de la constitución hereditaria. Y dicha
    intensidad no es, en relación con la constitución sino
    un factor orgánico casual, dependiente de influencias
    también casuales, por ejemplo, del auxilio oportuno
    en el parto. La teoría de Rank prescinde por completo
    de los factores constitucionales y filogénicos. Por
    otro lado, si queremos hacer un lugar a la influencia
    de la constitución, suponiendo que lo decisivo es la
    medida en que el individuo reacciona a la intensidad
    del trauma del nacimiento, habremos despojado a la
    teoría rankiana de toda su importancia, adscribiendo
    al nuevo factor por ella introducido, un papel secunda-
    rio. Así, pues, el factor que decide si el desenlace ha
    de ser o no la neurosis, pertenecerá a un sector distin-
    to, de nuevo desconocido para nosotros.

    Tampoco el hecho de que siendo el hombre, como
    los demás mamíferos, un animal vivíparo y naciendo
    como ellos por el proceso del parto, ostente, a dife-
    rencia de ellos, una especial disposición a la neurosis,
    parece muy favorable a la teoría de Rank. Pero la ob-
    jeción más grave que puede hacérsele, es la de care-
    cer de toda base sustentadora y no apoyarse en ob-
    servaciones firmes. No se ha realizado investigación
    alguna sobre la coincidencia del nacimiento en parto

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    difícil, y la ulterior neurosis, ni siquiera sobre si los
    niños así nacidos muestran, con mayor intensidad o
    permanencia, los fenómenos de angustia de la tempra-
    na infancia. Si se acepta que los nacimientos precipi-
    tados y fáciles para la madre, significan muy proba-
    blemente, para el hijo, traumas graves, habrá de re-
    conocerse igualmente, que los partos graves, en los
    que el feto llega a la asfixia, tendrían que evidenciar
    las consecuencias afirmadas. La etiología de Rank
    parece presentar la ventaja de permitir una comproba-
    ción experimental. Pero mientras tal comprobación no
    se lleve a cabo, es imposible fijar su valor.
    En cambio, no podemos agregarnos a la opinión de
    que la teoría rankiana contradice la significación etio-
    lógica de los instintos sexuales, reconocida hasta aho-
    ra en psicoanálisis, pues se refiere tan sólo a la rela-
    ción del individuo con la situación peligrosa y deja
    margen a la hipótesis de que el sujeto que no pudo
    dominar los primeros peligros, fracasará también ne-
    cesariamente en las situaciones de peligro sexual ulte-
    riormente emergentes y caerá, así, en la neurosis.
    No creo, pues, que la tentativa de Rank haya solu-
    cionado el problema del origen de la neurosis, sin que,
    a mi juicio, sea tampoco posible determinar, por aho-
    ra, en qué medida puede contribuir a tal solución. Si
    el resultado de las investigaciones sobre la relación de
    los nacimientos difíciles con la disposición a las neuro-
    sis es negativo, dicha contribución habrá de estimarse
    muy pequeña. Es muy de lamentar, que la necesidad
    científica de una «última causa», tangible y unitaria,
    de la nerviosidad, haya de permanecer siempre insa-
    tisfecha. El caso ideal, ansiado probablemente aun hoy
    en día, por los médicos, sería el del bacilo suscepti-
    ble de ser aislado y cultivado en vacunas cuya aplica-
     

  • S.

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    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    ción a otros individuos provocase en ellos, igual en-
    fermedad. O también la existencia de materias quími-
    cas que produjeran y suprimieran determinadas neu-
    rosis. Pero estas soluciones del problema parecen ca-
    recer de toda verosimilitud.

    La psicoanálisis conduce a resultados menos senci-
    llos y satisfactorios. No podemos sino repetir aquí co-
    sas conocidas hace ya mucho tiempo, sin añadir nada
    nuevo. Cuando el Yo ha conseguido defenderse con-
    tra un impulso instintivo peligroso, por medio quizá
    del proceso de la represión, ha inhibido y herido la
    parte correspondiente del Ello, pero al mismo tiempo,
    la ha dado una cierta independencia y ha renunciado
    a una parte de su propia soberanía. No es esto sino
    una consecuencia de la naturaleza de la represión, que
    es, en el fondo, una tentativa de fuga. Lo reprimido
    queda excluído de la gran organización del Yo y sólo
    sometido a las leyes que rigen en el dominio de lo in-
    consciente. Cuando la situación peligrosa varía de
    modo que el Yo no tiene ya motivo para emprender
    una defensa contra un nuevo impulso instintivo análo-
    go al reprimido, se hacen manifiestas las consecuen-
    cias de la restricción del Yo. El nuevo curso del ins-
    tinto se desarrolla bajo la influencia del automatismo
    –preferiríamos decir: de la repetición obsesiva– y
    sigue los mismos caminos que el anteriormente reprimi-
    do, como si la situación peligrosa dominada perdura-
    se aún. El factor que provoca la fijación es, pues, en
    la represión, la obsesión de repetición del Ello incons-
    ciente, la cual, normalmente, sólo es suprimida por la
    función libremente móvil del Yo. El Yo puede, desde
    luego, romper de nuevo las barreras de la represión,
    que él mismo ha levantado, reconquistar su influencia
    sobre el impulso instintivo y orientar en el sentido de

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    la modificación de la situa-
    so del instinto. Pero el hecho es que fracasa muchas
    veces en esta labor, no consiguiendo deshacer sus re-
    presiones. El desenlace de esta lucha depende proba-
    blemente de relaciones cuantitativas. En algunos ca-
    sos, experimentamos la impresión de que tal desenla-
    ce es obsesivo. La atracción regresiva del impulso
    reprimido y la intensidad de la represión son tan gran-
    des, que el nuevo impulso no puede por menos de se-
    guir la obsesión de la repetición. En otros casos, ad-
    vertimos la intervención de un nuevo juego de fuerzas;
    la atracción del prototipo reprimido queda robusteci-
    da por las dificultades reales que se oponen a un curso
    distinto del nuevo impulso instintivo.

    El hecho, modesto en sí, pero teóricamente inesti-
    mable, de la terapia analítica, prueba concluyentemen-
    te ser éste el proceso de la fijación a la represión y de
    la conservación de la situación peligrosa inactual. Al
    prestar al Yo en el análisis, la ayuda que le permite
    suprimir sus represiones, recobra su poder sobre el
    Ello reprimido y puede dejar transcurrir los impulsos
    instintivos como si las antiguas situaciones peligrosas
    no perdurasen ya. Lo que así alcanzamos se armoni-
    za con el radio de acción general de nuestra función
    médica. Generalmente, nuestra terapia tiene que con-
    tentarse con aportar más rápida y seguramente y con
    menos trabajo, el desenlace favorable que se hubiera
    producido espontáneamente en condiciones favora-
    bles.

    Las reflexiones que anteceden nos muestran que son
    relaciones cuantitativas, no evidenciables directamen-
    te y sólo aprehensibles por inducción, las que deciden
    la conservación de las antiguas situaciones peligro-
    sas, la de las represiones del Yo y la continuación de

  • S.

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    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    las neurosis infantiles. Entre los factores que partici
    pan en la causación de las neurosis y han creado las
    condiciones bajo las cuales miden sus fuerzas las
    energías psíquicas, resaltan para nosotros, especial-
    mente, tres; uno biológico, otro filogénico y otro pu-
    ramente psicológico. El biológico, es la larga invali-
    dez y dependencia de la criatura humana. La existen-
    cia intrauterina del hombre es más breve que la de los
    animales, siendo, así, echado al mundo, menos acaba-
    do que éstos. Con ello, queda intensificada la influen-
    cia del mundo exterior real, impulsada muy temprana-
    mente la diferenciación del Yo, y el Ello, elevada la
    significación de los peligros del mundo exterior y enor-
    memente incrementado el valor del objeto único que
    puede servir de protección contra tales peligros y sus-
    tituir la perdida vida intrauterina. Este factor bioló-
    gico establece, pues, las primeras situaciones peligro-
    sas y crea la necesidad de ser amado, que ya no aban-
    donará jamás al hombre.

    El segundo factor, filogénico, ha sido sólo inducido
    por nosotros, habiéndonos obligado a aceptarlo un
    hecho singularísimo del desarrollo de la libido. Halla-
    mos, en efecto, que la vida sexual del hombre no se
    desarrolla continuamente, desde su principio hasta su
    madurez, como la de los animales más próximos a él,
    sino que, después de un primer florecimiento tempra-
    no, que llega hasta los cinco años, experimenta una
    enérgica interrupción, al cabo de la cual, se inicia de
    nuevo en la pubertad, enlazándose a las ramificacio-
    nes infantiles. A nuestro juicio, debe de haber tenido
    efecto en los destinos de la especie humana, algo muy
    importante, que ha dejado tras de sí, como residuo
    histórico, esta interrupción del desarrollo sexual. La
    significación patógena de este factor resulta de que la

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    PROF. S. FREUD

    mayoría de las exigencias instintivas de esta sexuali-
    dad infantil son consideradas y rechazadas por el Yo,
    como peligros, de manera que los impulsos ulteriores
    de la sexualidad, que debían ser admisibles para el
    Yo, corren peligro de sucumbir a la atracción de los
    prototipos infantiles y seguirlos en la represión. Tro-
    pezamos aquí con la etiología más directa de las neu-
    rosis y comprobamos el hecho singular de que el tem-
    prano contacto con las exigencias de la sexualidad so-
    bre el Yo, actúa análogamente al contacto prematuro
    con el mundo exterior.

    El tercer factor, psicológico, es una imperfección de
    nuestro aparato anímico, relacionada precisamente con
    su diferenciación en un Yo y un Ello, o sea depen-
    diente en último término, también, de la influencia del
    mundo exterior. En consideración a los peligros de la
    realidad, es obligado el Yo a defenderse contra ciertos
    impulsos instintivos, tratándolos como peligros. Pero
    el Yo no puede protegerse contra peligros instintivos
    interiores de un modo tan eficaz como contra una par-
    te de la realidad ajena a él. Intimamente enlazado con
    el mismo Ello, no puede rechazar el peligro instinti-
    vo más que restringiendo su propia organización y
    aceptando la formación de síntomas como sustitución
    de su influencia sobre el instinto. Cuando entonces se
    renueva la presión del instinto rechazado, surgen para
    el Yo todas aquellas dificultades que conocemos bajo
    el nombre de afecciones neuróticas.

    Por ahora no llega a más nuestro conocimiento de
    la esencia y la causación de las neurosis.